2.
Lo conocieron al partir el pan (Lc 24,13-35)
2.1. Suplicamos la
ayuda del que nos lo enseñará todo (Jn 16,13)
Antes de comenzar, invocamos
siempre la luz del Espíritu con un canto o con una oración adecuada.
2.2. Partimos de
nuestra vida...
El episodio de Emaús es uno de
los textos evangélicos más conocidos. Sabemos cómo se sentían aquellos dos
discípulos tras la crucifixión de Jesús: tristes y frustrados absolutamente
en sus esperanzas.
¿Has vivido experiencias
similares a lo largo de tu vida?
¿Cómo has respondido a ellas:
desde la confianza, la “resistencia” y un amor-humor esperanzados o desde el
desaliento y el catastrofismo?
(Si estamos orando la Palabra en
grupo, podemos intercambiar, en un clima de respeto y acogida, las experiencias
de cada participante).
2.3. Proclamamos la
Palabra de Dios: Lc 24,13-35
2.4. Unas claves de
lectura para orientar la mirada
El relato de los discípulos de
Emaús ha nacido como fruto de la experiencia sacramental de la primitiva
comunidad cristiana. Sin forzar el texto, podemos distinguir en él las diversas
partes que integran nuestra actual celebración de la “fracción del pan”:
a) vv. 13-24: El
encuentro
Jesús se acerca a los discípulos en el camino de su vida. Él les sale al
encuentro y ellos desnudan ante él sus esperanzas frustradas y su sentimiento
de tristeza. Incluso han abandonado la comunidad y se han alejado de Jerusalén,
cumpliéndose con ello la palabra de Jesús: “Heriré al pastor y se
dispersarán las ovejas” (Mc 14,27; cf. Zac 13,7).
Su abatimiento se debe a sus falsas expectativas sobre Jesús. Ellos “esperaban
que fuera el libertador de Israel” (v.21), en el sentido político y
militar del término. No supieron ver que la pretensión y el mesianismo de Jesús
eran bien diferentes y habían de pasar por el servicio y por la cruz (Lc 9,22.
43-45; 18,31-32; 22,27).
b)
vv. 27-27: La Palabra que salva
La Palabra de Dios despierta la fe. Toda la Escritura habla de Cristo y es el
mismo Jesús Resucitado el que abre la inteligencia de Cleofás y su compañero
y enciende en ellos la llama de la fe: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón
cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc
24,32).
c)
vv. 30-31: La fracción del pan
Es indudable que el relato está hablando de la praxis eucarística de la
comunidad. Basta confrontar estos versículos con Lc 22,14.19: “Cuando llegó
la hora, se puso a la mesa con los apóstoles... Tomó pan, dio gracias, lo
partió y se lo dio”. Es entonces, ante el gesto de la fracción del pan
en el que se condensa toda la persona y la vida de Jesús, la plenitud de su
entrega, cuando se abren definitivamente los ojos y la fe vence el escepticismo
y el miedo.
d)
vv. 33-35: Enviados a anunciar
El fruto de ese encuentro con el Resucitado es la vuelta a casa, el regreso a la
comunidad, la esperanza recobrada, y el anuncio gozoso de lo que han visto y oído.
Allí reciben, a su vez, la riqueza de la fe de la comunidad y el anuncio de un
kerigma atestiguado por todos: “¡Es verdad!¡El Señor ha resucitado y se
ha aparecido a Simón!” (v. 34).
2.5. Para que la
Palabra penetre el corazón
La Eucaristía es un espacio
privilegiado de encuentro con el Señor Resucitado en el que no sólo se
alimenta la fe personal sino que se construye la comunidad.
Cuando vas a celebrar la Eucaristía, ¿eres consciente de ser convocado por Jesús
y de que es Él el quien te sale al encuentro como se hizo el encontradizo con
los discípulos de Emaús?
¿Reavivas, antes de cada
celebración, tu deseo de que Él toque tu vida? ¿Se la expones enteramente,
con sus tristezas, alegrías, preocupaciones y esperanzas, o te sumerges en el
rito de forma mecánica e inconsciente?
¿Escuchas la Palabra de Dios
con el vivo deseo de que sea una lámpara para tus pasos?
¿Te haces consciente, durante
la fracción del pan, de que ésta es tu vocación última: ser pan bendecido,
roto y partido para los demás?
¿Se reaviva tu identidad
misionera en cada celebración? ¿Te haces, de algún modo, anuncio del
Evangelio en tus ambientes?
2.6. La Palabra
mueve nuestra oración
Te
damos gracias, Padre santo,
porque
estás con nosotros en el camino de la vida,
sobre
todo cuando Cristo, tu Hijo,
nos
congrega para el banquete pascual de tu amor.
Como
hizo, en otro tiempo, con los discípulos de Emaús,
Él
nos explica las Escrituras
y
parte para nosotros el pan.
Por
eso te rogamos, Padre santo,
que no
echemos en saco roto la gracia
que tu
Hijo derrama en nosotros, cada día,
a través
de la Eucaristía y la Palabra.
Fortalece
nuestro corazón, Padre santo,
para
que sigamos siempre las huellas de tu Hijo Resucitado
y
ninguna persecución, tribulación o angustia
pueda
apartarnos nunca de su amor.
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