3.
El Resucitado, en el centro de la comunidad (Lc 24, 36-52)
3.1. Suplicamos la
ayuda del que nos lo enseñará todo (Jn 16,13)
Antes de comenzar, invocamos
siempre la luz del Espíritu con un canto o con una oración adecuada.
3.2. Partimos de
nuestra vida...
En el evangelio de hoy veremos cómo
la fe y la duda van de la mano. A los discípulos les costó creer en la
resurrección: necesitaron que el mismo Señor Jesús les abriese sus
inteligencias, les explicase las Escrituras y les regalase el Espíritu para
convertirlos en testigos.
¿Qué experiencias suscitan en
ti la duda o ponen a prueba tu fe?
¿Qué haces con tus dudas? ¿Cómo
las integras en tu vida creyente?
(Si estamos orando la Palabra en
grupo, podemos intercambiar, en un clima de respeto y acogida, las experiencias
de cada participante).
3.3. Proclamamos la
Palabra de Dios: Lc 24,36-52
3.4. Unas claves de
lectura para orientar la mirada
Los dos primeros relatos del capítulo 24 de Lucas, -las mujeres en el sepulcro
y la aparición a los de Emaús, se orientan claramente hacia una aparición del
Resucitado a la comunidad. Fijémonos en que tanto las mujeres como los discípulos
de Emaús, tras sus respectivas experiencias, orientan sus pasos hacia Jerusalén,
donde estaban los once y todos los demás (Lc 24,9.33). En la concepción teológica
de Lucas, Jerusalén es el lugar desde donde habrá de extenderse el Evangelio,
“en toda Judea y Samaría, hasta los confines de la tierra” (Hch
1,8). El mismo evangelio de Lucas comienza y termina en el templo de Jerusalén
(1,9; 24,53).
El relato de la aparición a los discípulos nos sitúa en un espacio: la casa
donde todos se hayan reunidos. El texto puede dividirse en tres partes de las
cuales la central contiene lo más importante del mensaje que el evangelista
quiere transmitir:
a) vv. 36-43: Jesús se presenta en medio de sus discípulos.
Ellos tienen miedo, pero Él disipa sus dudas haciéndose reconocer por ellos.
Con el gesto de la comida de
Jesús, Lucas quiere significar que la
resurrección fue real y que el Resucitado era realmente un ser corpóreo
y no un fantasma imaginado por visionarios.
b) vv. 44-49: Jesús les recuerda sus palabras y la enseñanza de
la Escritura, les confía la misión de ser sus testigos y les promete el Espíritu.
Al concluir con esta promesa (v.49), Lucas, el evangelista del Espíritu Santo,
abre la puerta al retorno de Jesús y, por tanto, al tiempo de la Iglesia que va
a comenzar en Pentecostés.
c) vv. 50-53: Jesús se despide de sus discípulos con una
bendición y es llevado al cielo. Esta rápida alusión a la ascensión prepara
el relato de Hch 1, 6-11. De momento, el evangelista nos dice que el que “se
presentó en medio de ellos” ahora “se separa de ellos”. Pero
esa ausencia no les causará ya tristeza o desesperanza, sino el profundo gozo
de la esperanza sostenida por un nuevo modo de Presencia a través del Espíritu
que les será dado en Pentecostés. Se cumplen así las palabras de Jesús
en el evangelio de Juan: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón
y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16,22).
3.5. Para que la
Palabra penetre el corazón
Jesús irrumpió en medio de la comunidad, en su centro, desplazando a la
periferia o echando fuera los miedos, las dudas y todo lo que, en aquel momento,
estaba minando la fe de sus discípulos. Podemos preguntarnos si en el centro de
nuestras vidas y nuestras comunidades cristianas está el Señor Resucitado con
el don de su Evangelio y de su Paz.
Jesús abre la inteligencia de sus discípulos para que comprendan la Escritura
y cómo toda ella se ha cumplido en Él. ¿Conoces la Escritura suficientemente?
¿La lees a menudo? ¿Te alimentas de ella?
Todo discípulo de Jesús está llamado a ser apóstol. “Vosotros sois
testigos de estas cosas” (Lc 24,48). ¿Me siento apremiado a anunciar el
Evangelio, o más bien pienso que el anuncio es tarea de otros cristianos con más
“grado” que yo: sacerdotes, religiosos o consagrados en general?
3.6. La Palabra
mueve nuestra oración: Vive siempre en nosotros, Señor Jesús
Queremos,
Señor, que estés en medio de nosotros,
en el
centro de nuestro corazón y en el centro de nuestra comunidad.
R. Vive siempre en nosotros,
Señor Jesús.
Nuestra
fe se rinde a la noticia
de que
realmente estás Vivo,
de que
tu Padre es fiel y ha cumplido su promesa
de que
su Hijo amado no vería la corrupción.
R. Vive siempre en nosotros,
Señor Jesús.
Por
eso nos ofrecemos a ti, enteramente:
dispón
de nosotros como quieras.
Santifícanos
y envíanos como testigos,
con la
luz y la ayuda de tu Espíritu.
R. Vive siempre en nosotros,
Señor Jesús.
Danos
la fe suficiente como para soportar toda duda,
una fe
sagaz y arriesgada que nos cambie el semblante
y nos
haga portavoces de la alegre noticia.
R. Vive siempre en nosotros, Señor Jesús.
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