4. Dos cantos a la entrañable misericordia de nuestro Dios (Lc 1,46-55.68-79)

 

Fijémonos ahora en los cánticos de María y Zacarías. Ambos son como un pórtico que nos introduce en la buena noticia de que Dios es misericordia y de que su Hijo, Jesús, es la encarnación de ese amor, entrañado en las manos, en los ojos y en los labios de Jesús. Sus palabras y sus obras habrán de ser, a lo largo de todo el evangelio, la encarnación del amor.

 

 

Ejercicio:

 

¿Qué rasgos de Dios descubres en las palabras de María y Zacarías (salvador, poderoso...)? ¿Qué acciones le atribuyen a Dios estos dos cánticos?

Cae en la cuenta de la revolución que opera el actuar de Dios en la realidad: los que están arriba son abajados; los humildes, encumbrados; los que se creen más, son menos mientras que los pequeños son grandes a los ojos de Dios; los hambrientos serán saciados y los ricos quedarán despojados.

 

¿Te atreverías a escribir tu propio magnificat a partir de la experiencia del Dios Salvador y Misericordioso en tu vida? “Mi alma ensalza al Señor porque...”.

 

[volver a índice]  

 

 

5. Un padre con entrañas maternas (Lc 15,11-32)

 

En los últimos años se han escrito muchos libros y artículos sobre la parábola del hijo pródigo. En estas breves líneas sólo deseamos fijar la mirada en la actuación del padre ante el regreso del hijo pródigo: “Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido en lo profundo de sus entrañas, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente”.

 

            Sobre los sentimientos del hijo no se dice nada. Sólo se habla del cálculo interesado que le movió a regresar a la casa del padre. Y, desde luego, se dice que no esperaba amor, sino más bien la posible ira o el rechazo del padre, que se preparó a aplacar con palabras de arrepentimiento y humillación.

            El narrador dirige la atención del lector al corazón del padre, a su prisa por acercarse al que aún estaba lejos, a su afecto emocionado y desbordante, a su preocupación por las necesidades básicas de su hijo (el vestido y el alimento) e incluso, al “exceso” de amor con que le restituye en su condición de hijo (“traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies”). No suele ser ésta la actuación de un padre sino, más bien, la de una madre (cf. Tob 11,5-9).

            El padre del hijo perdido es un icono del Dios “misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en amor y fidelidad” que ya se nos revelaba en el Antiguo Testamento (cf. Éx 34,6; Sal 86,15). Precisamente en hebreo el adjetivo “misericordioso” viene expresado por la palabra rahum, de la misma raíz que el término rehem (útero, seno materno).

            Así pues, la misericordia entrañable del padre de Lc 15 tiene indudables rasgos femeninos, cuyas huellas ya aparecen en textos veterotestamentarios como Os 11,1-10

 

 

Ejercicio:

 

Lee el texto de Oseas 11,1-10 y cae en la cuenta de la imagen y el rostro de Dios que revela. ¿Se parece en algo a tu experiencia de Dios? ¿Con qué adjetivos o con qué imágenes describirías al Dios en el que crees?

 

Sumérgete ahora en la historia de esta familia. Sitúate allí, en la casa de aquel hombre que tenía dos hijos y trata de relatar los hechos con tus palabras adoptando, cada vez, un personaje distinto:

 

- Si es el padre quien lo narra: “Yo tenía dos hijos. El más pequeño me dijo un día... Con dolor, le repartí los bienes y al poco tiempo se marchó de casa... Lo que sentí... Cada día esperaba su regreso... Cuando lo vi de lejos, se me conmovieron las entrañas, corrí a él y lo llené de besos...”

- Si es el hijo pequeño: “No sé por qué, deseé recorrer mundo, experimentar mi libertad, no tener que depender de mi padre para darme a la buena vida. Le pedí la parte de mi herencia y le abandoné a él y a mi hermano mayor...”.

- Si es el hijo mayor: “Siempre fui fiel a mi padre. Por eso no podía dar crédito a lo que allí estaba pasando: mi padre nunca me dio una fiesta, a pesar de haberle servido siempre como si fuera uno de sus criados. Pero llegó mi hermano, sinvergüenza y perdido, y mi padre le preparó una fiesta como a su hijo favorito... Cuando oí la música y las danzas, las risas y el bullicio sentí...”.

 

 

[volver a índice]

 

6.  Celebrar el gozo de Dios

 

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres”, insiste Pablo en su carta a los Filipenses (4,4). Tenemos razones para ello. El evangelio de Lucas, además de ser el evangelio de la misericordia, lo es también de la alegría, una alegría que, como dice el mismo Jesús, nadie puede arrebatarnos (cf. Jn 16,22) porque no se apoya en nosotros, volubles y cambiantes, ni en las circunstancias externas, sino en el amor y la fidelidad de Dios que nunca fallan.

La alegría está, en Lucas, estrechamente vinculada con la gran misericordia que Dios derrama sobre su pueblo: el hijo de la estéril Isabel será para ella y para Zacarías "gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento" (Lc 1,14). María es también un icono de gozo por la salvación que Dios viene a traer. A María la saluda el ángel con estas palabras: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1,28). Se convierte, entonces, en portadora de alegría allí donde está. En su visita a su prima Isabel, ésta la proclama "feliz" por su fe (Lc 1,45), y la misma María canta su alegría en el magnificat (Lc 1,47).

 

 

Lucas resalta la alegría de los pecadores ante la cercanía de Jesús y su misericordia: así, Zaqueo, cuando Jesús se fija en él y se invita a su casa, “se apresuró a bajar del árbol y lo recibió con alegría” (Lc 19,6).

Pero, donde quizá es más evidente la relación entre misericordia y alegría es en las parábolas de Lc 15: tres parábolas que hablan de lo perdido que Dios busca, acoge, ama y perdona. En ellas se habla de gozo (vv.5.6.7.9.10.32), fiesta (vv.23.24), música y danza (v.25)... ¿Podemos imaginarnos al padre del hijo perdido danzando en aquella fiesta? Este padre es icono de Dios, y el mismo profeta Sofonías dice de Dios lo siguiente: “El Señor, tu Dios, está en medio de ti, ¡un poderoso salvador!  Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta” (3,17).

 

 

 

Ejercicio:

 

¿Te resulta insólita la imagen de Dios que refleja el texto de Sofonías? ¿Por qué?

¿Con qué talante vives tu fe: desde la alegría de saberte salvado/a o más bien con los ojos puestos aún en tu pecado e indignidad?

 

Relee los textos en los que se habla de la alegría del cristiano y pídele a Dios que te contagie del gozo de su salvación.

 

páginas 1 - 3