7. Invitación final: “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10,29-37)

 

Los imperativos que encontramos en el N.T. respecto a nuestro comportamiento hacia el prójimo (“amaos unos a otros”, Jn 13,34; 15,12; “sed misericordiosos”, Lc 6,36; “amémonos unos a otros”, 1Jn 4,7...) no son mandatos impuestos desde fuera de nosotros, sino urgencias que apremian desde dentro como respuesta agradecida, gratuita y amorosa a un indicativo: “como yo os he amado”, “como vuestro Padre es misericordioso”, “porque Dios es amor”...

            Y es que en eso consiste la vida cristiana: en creer y gustar que Dios se nos adelanta con su amor, nos ama primero, es nuestro Padre y nuestra Madre, y quiere contagiarnos de su misericordia para que hagamos nosotros lo mismo. Las personas no cambiamos ni mejoramos por obligación, a base de recriminaciones o a fuerza de puños. Las personas cambiamos por la fuerza re-creadora del amor, como demuestran los personajes que hemos visto arriba (Zaqueo, el hijo perdido...).

            Una vez que hemos experimentado la misericordia de Dios, que no tiene medida ni condiciones, podemos convertirnos en samaritanos del prójimo cercano: dejándonos afectar y conmover por él, acercándonos, vendando sus heridas, cargando con él, dando de lo nuestro (tiempo y bienes) para su cuidado...

            Esto es fácil decirlo, pero muy difícil hacerlo. Nuestra misericordia suele ser más afectiva que efectiva. Pero la palabra de Jesús es clara: “Anda y haz tú lo mismo”.

 

 

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ORACIÓN A JESÚS, SAMARITANO DEL MUNDO

 

 

 

Señor Jesús, misericordia del Padre hecha cuerpo y palabra,

manos, mirada y pies de caminante:

recorreré contigo la senda del amor;

aprenderé de ti la compasión que removía tus entrañas;

aprenderé de ti a reír con los que ríen

y a compartir las lágrimas de los que lloran,

como hiciste Tú con aquella pobre viuda Naím.

 

¡Que no me quede indiferente y frío, Señor!

Recorreré contigo la senda del amor.

Aprenderé a buscar incansablemente a los perdidos,

como la mujer no cejó en la búsqueda de su moneda extraviada.

Aprenderé a esperar, incansable y paciente,

a quienes se marchan a explorar otros mundos,

lejos de la senda de tu alegría.

 

Señor Jesús, samaritano del mundo,

recorreré la senda de tu compasión entrañable.

Dame oídos y una vida abierta

en la que puedan resonar tus palabras:

Anda y haz tú lo mismo”.

 

 

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