2. Caminar guiados por el Espíritu Santo
4. Caminar escuchando la Palabra
5. Caminar con la fe de un grano de mostaza
6. Caminar con la misma compasión del Padre
7. Caminar como invitados a un banquete de bodas
8. Caminar ligeros de equipaje
Una de las claves de lectura con la que el lector creyente puede acercarse al evangelio de Lucas es la del camino: la vida de Jesús y la de sus discípulos contemplada como un camino de subida hacia Jerusalén, que culminará en la “subida” a la cruz y la ascensión al Padre.
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Ejercicio antes de comenzar la lectura:
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Si leemos el evangelio de Lucas con esa clave, lo primero que encontramos es a un hombre y a una mujer de los que se dice que “eran justos ante Dios y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor” (Lc 1,6). Y es que la torah, lejos de ser una ley para ser aprendida y observada, era una historia para ser vivida y un camino para ser recorrido de la mano del único Dios. Esto es lo que está llamado a hacer todo buen israelita: “Se te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno, lo que Yahveh reclama de ti: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios” (Mi 6,8). Así es como vivían Zacarías e Isabel.
El
camino como metáfora de la vida en la que se presentan diversas
encrucijadas y en la que es preciso elegir aparece numerosas veces en el
Deuteronomio y en los Salmos. El salmo 119, espléndido elogio de la
torah, utiliza veinte veces esa metáfora. El buen israelita, en este caso, es
el que sigue el camino de la verdad frente al camino de la mentira y la
iniquidad . La Palabra es lámpara y luz para el caminante, dicha y felicidad,
fuente de vida, delicias, miel y dulzura para el hombre y la mujer que viven la
ley. Ésta era también la dicha y la vida de Zacarías e Isabel, prototipos del
Israel justo que sigue el camino del Señor, revelado por medio de Moisés, y
está a la espera del Mesías.
Pero, he aquí que entra en escena una mujer que va a poner fin a esa espera porque, en ella, va a tomar carne y cuerpo la gran y única Esperanza de Israel: Jesús. El sí por el que María consiente a la acción fecundante del Espíritu inaugurará, para todos nosotros, el camino nuevo y vivo que es Jesús (cf. Hb 10,20).
Si en el evangelio de Juan Jesús va a decir de sí mismo que es “el camino” para ir al Padre (Jn 14,6), en el evangelio de Lucas será un caminar continuo, un peregrinar incansable, subiendo hacia Jerusalén, hacia el Padre a través de la cruz (cf. Lc 9,51.57; 10,38; 13,22; 14,25; 17,11; 18,31; 19,28). La concepción de Lucas es más dinámica que la de Juan y reclama del lector ponerse en pie y echar a andar. Así lo hace la primera discípula de Jesús, María, quien, llevando ya en su seno a su Hijo, “se levantó y se encaminó con prontitud” hacia la casa de su prima, Isabel (Lc 1,39-40). Su presencia en el cenáculo el día de Pentecostés sugiere que no dejó de caminar tras las huellas de su Hijo, desde Nazaret hasta la cruz, y que acompañó el camino de la Iglesia, nacida del Espíritu (cf. Hch 1,14).
2.
caminar guiados por el espíritu santo
El evangelio de Lucas, además de ser el evangelio de la misericordia, lo es también del Espíritu Santo y de Jesús orante. Este último aspecto lo veremos en el apartado siguiente. Ahora lo que queremos resaltar es que todo el camino salvador de Jesús y de su Iglesia se realiza en el Espíritu Santo. Fijémonos en que todos los protagonistas del evangelio actúan “llenos” de Espíritu:
De Juan Bautista se dice que estará lleno de Espíritu Santo desde el
seno de su madre (1,15).
Isabel quedó llena de Espíritu al escuchar el saludo de María (1,14).
Zacarías, una vez superada la incredulidad inicial, profetiza, lleno de Espíritu
Santo (1,67-79).
El anciano Simeón, otro de los prototipos del antiguo y justo Israel, movido
por el Espíritu, bendice a Dios porque sus ojos han visto la salvación y
la luz de los pueblos en la persona de aquel niño pequeño que descansa entre
sus brazos (2,26-32).
Ninguno de estos personajes podría haber reconocido en Jesús al Salvador, sino en el Espíritu Santo (cf. 1Co 12,3).
A María, madre y primera discípula del Señor,
el ángel la saluda con un atributo que, sin artículo y sustituyendo a su
nombre, viene a ser el nombre nuevo de María: kecharitomene, “llena
de gracia” (cf. Lc 1,28), llena del favor, del don y la benevolencia de
Dios, y llena de la gratitud que este don despierta en quien lo recibe. De ahí
que podamos poner, en labios de María, los versos 32 y 33 del Cántico
Espiritual de San Juan de la Cruz, en los que la esposa canta así:
Cuando tú me mirabas,
su gracia en mí tus ojos imprimían:
por eso me adamabas
y en eso merecían
los míos adorar lo que en Ti vían.
No quieras despreciarme,
que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que
gracia y hermosura en mí dejaste.
Pues bien, esta joven virgen agraciada por el amor de Dios recibe, como vocación, ser la madre de Jesús, el Hijo del Altísimo. Si su virginidad la incapacita para dicha tarea, todo le será posible por la acción del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra...” (Lc 1,35).
Pero es Jesús el lleno de Espíritu por excelencia (Lc 4,1). Tras su bautismo y estando en oración, Jesús experimenta de un modo especial, intenso y decisivo, su filiación divina: sobre él baja el Espíritu y se oye una voz del cielo: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco” (Lc 3,22). A partir de entonces, todo lo va a hacer Jesús guiado por el Espíritu: va al desierto “conducido por el Espíritu” (4,1); “vuelve a Galilea por la fuerza del Espíritu” (4,14); en la sinagoga de Nazaret, hace suyas las palabras de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (4,18); bendice al Padre lleno de gozo en el Espíritu (10,21)... Tanto el anuncio del Evangelio a los pobres como sus gestos de liberación (expulsión de demonios, curaciones, perdón de los pecados...) son obra de Jesús por el Espíritu.
Y, puesto que Él quiere que sus discípulos sean los continuadores de su misión (cf. Lc 9,1-2; 10,1-12), les invita a pedir al Padre el don del Espíritu que les haga capaces de curar enfermos, expulsar demonios y anunciar que el Reino está cerca. Incluso en momentos de persecución, será el Espíritu el que ponga en labios de los discípulos palabras iluminadas en su fuego para hacer frente a los adversarios (cf. Lc 12,11-12).
El evangelio termina con un anuncio del Resucitado: el de enviar sobre los discípulos “la Promesa” del Padre (Lc 24,49). Y será precisamente Pentecostés el episodio que ponga en pie a la Iglesia y la convierta en testigo de Jesús desde Jerusalén hasta los confines del mundo (Hch 1,8).
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Ejercicio:
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