3. caminar aprendiendo a orar

En numerosas ocasiones, el evangelio muestra a Jesús orando: tras su bautismo, Jesús está en oración cuando recibe el Espíritu (Lc 3,21); al amanecer, suele retirarse a lugares solitarios para orar (Lc 4,42; Mc 1,35); cuando su fama se iba extendiendo y la multitud le asediaba, movida por sus necesidades y deseos, él buscaba descansar junto a su Padre en soledad (5,16); antes de elegir a los doce, pasó la noche en oración (6,12); la pregunta por su propia identidad (“¿Quién dice la gente que soy yo?”) tiene su espacio y su lugar en un contexto de oración (9,18); la transfiguración acontece en un momento en que Jesús ora (9,28); Jesús ora en el Espíritu Santo y se dirige a Dios llamándole Padre (10,21; 22,41; 23,34.46); Jesús intercede por Pedro (22,32) y ora en toda circunstancia: en el gozo (10,21) y en la cruz (23,34.46).

 

            Pero, a pesar de que la oración era, para Jesús, tan importante como respirar, no imparte un curso de iniciación a la oración para sus discípulos, ni les recomienda un número determinado de prácticas piadosas diarias, ni un horario oracional... Más bien son los discípulos los que, atraídos por su ejemplo continuo a lo largo del camino, le ruegan: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Y Jesús les enseña el Padre nuestro, una oración en la que aprenden a llamar Padre a Dios, aprenden que son hijos, y que el único deseo del Espíritu que ora en ellos, lo único importante, es que venga su Reino.

Como si de un monje se tratara, Jesús invita a orar siempre sin desfallecer, con absoluta confianza (18,1) y a orar “en todo tiempo” (21,36).

 

 

Ejercicio:

 

¿Hemos sentido nosotros vivamente este deseo de orar y aprender a orar?

La invitación del Señor a orar constantemente, recogida por Pablo en 1 Tes 5,17, ¿de qué modo se realiza en tu vida creyente?

 

 

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4. CAMINAR ESCUCHANDO LA PALABRA

 

Para que un discípulo llegue a ser como su maestro, es preciso que escuche su Palabra y obre conforme a ella. La importancia de la escucha y del cumplimiento de la palabra en el discipulado, se subraya en varios pasajes del evangelio de Lucas, por ejemplo, en la parábola del sembrador (Lc 8,5-15): a lo largo del camino, Jesús enseña continuamente, pero para que su enseñanza dé fruto en la vida de sus discípulos es preciso que escuchen con corazón bueno, que guarden la palabra y que sean constantes.

El término griego que la parábola emplea para hablar de la constancia es hypomone, que puede traducirse también como perseverancia o resistencia. La imagen que está detrás es la de alguien que aguanta en una situación extrema, como la del gladiador que se defiende, con su escudo, debajo de la espada del adversario. El evangelio es hermoso, pero vivirlo requiere un ejercicio de aguante hasta que la palabra modele los pensamientos y las obras del discípulo conforme a la imagen de Jesús (cf. Rm 8,29; Gál 2,20). Quien, al final, se encuentre agraciado con el regalo de esta semejanza e identificación, será dichoso y llamado por Jesús “padre”, “madre”, “hermano”, “hermana” (cf. Lc 11,28; 8,21).   

 

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5.  CAMINAR CON LA FE DE UN GRANO DE MOSTAZA

 

Sólo quien tiene fe es capaz de poner en marcha el dinamismo re-creador y transformador del Reino. La primera creyente del evangelio de Lucas es María, a la que Isabel proclama feliz por creer (Lc 1,45). A lo largo del camino, Jesús se encuentra con hombres y mujeres cuya fe le causa admiración: el centurión (7,9); la hemorroisa (8,48); el leproso samaritano que vuelve a darle gracias (17,19), el ciego de Jericó (18,22)...

Desafortunadamente, no era así la fe de los discípulos: en muchas ocasiones dejan ver que su fe es tan débil que no son capaces de corresponder al don de la vocación y misión que han recibido (cf. Lc 8,25; 9,40-41). A pesar de que Lucas es más benévolo con ellos que Marcos y Mateo, no puede obviar la tradición, que nos ha transmitido una imagen no muy edificante de los primeros discípulos. De ahí que seamos testigos de algunos reproches que les dirige el Maestro: “¡Generación incrédula y perversa!” (9,41), “¡Hombres de poca fe!” (12,28). Y, de ahí, la súplica de los discípulos: “¡Auméntanos la fe!” (17,2).

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6. cAMINAR CON LA MISMA COMPASIÓN DEL PADRE

 

En el “sermón de la llanura” (Lc 6,1ss), Lucas muestra la única ley que habita en el corazón de Cristo: el amor hasta el extremo y la compasión (Lc 6,27-38).

            ¿Quién es capaz de amar al enemigo, hacer el bien a quien le odia, bendecir a quien le maldice y orar por quien le difama (Lc 6,27-28)? ¿Quién es capaz de olvidar sus prisas y sus planes e hipotecar su tiempo y sus bienes con alguien ajeno, necesitado en el camino (Lc 10,29-37)? ¿Quién es capaz de perdonar a quien le maltrata y le quita la vida (Lc 23,34)? ¿Quién, siendo el más fuerte y el mayor, el maestro y el líder de un grupo es capaz de ponerse el delantal y servir como un esclavo, o como una mujer (Lc 22,27)? Y ¿quién es tan loco como para pedir a sus seguidores un amor tan sin medida y una compasión tan sin límite? Sin embargo, ésta es la única ley del Reino, sólo posible para quien tiene fe y deja obrar a Dios en él (Lc 18,27).

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7. caminar COMO INVITADOS A UN BANQUETE DE BODAS

Muchos cristianos han adoptado un estilo de vivir su fe digno del mejor discípulo de Juan el Bautista: austeridad, desierto, penitencia, ayuno... Y, aunque Jesús reconoce el valor de este profeta que preparó su camino (cf. Lc 7,26-28), queda claro que, con Jesús, ha comenzado una nueva etapa en el camino de la salvación, una etapa en que la alegría, el vino, la fiesta y el banquete de bodas se convierten casi en distintivo de unos discípulos que no pueden ayunar porque el novio, Jesús, está con ellos (Lc 5,34). Jesús mismo adquirirá la fama, entre sus adversarios, de “comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Lc 7,34). El que era la Santidad misma soportó, por amor a los perdidos, el insulto y la perversa interpretación de su gesto profético.

            Y es que, en Jesús, se anticipa la promesa del banquete escatológico del Reino, en el que se festejará el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte y la inclusión de todos los pueblos en torno a la misma mesa compartida (cf. Is 25,6-9). Así son las comidas de Jesús: inclusivas, espacio de reconciliación y acogida para pecadores y gentuza excluida de la salvación (cf. Lc 5,29ss; 15,2).

            Nos cuenta, además, Lucas, que Jesús solía ir a comer también a casa de los fariseos. No rechazaba el Maestro ninguna oportunidad para llevar el evangelio a los perdidos de todo tipo: perdidos como el hijo pródigo de la parábola (publicanos y pecadores) y perdidos como el hermano mayor, orgulloso, autosuficiente e impermeable al amor del Padre (fariseos). Pero, en los tres relatos en que Jesús va a comer a casa de fariseos, se produce un desencuentro con sus anfitriones, duros de corazón y aferrados a tradiciones y leyes obsoletas que no pueden salvar.

 

 

Ejercicio:

 

Lee Lc 7,36-50; Lc 11,37-52; Lc 14,1-6. ¿Cuáles son las actitudes que adoptan los anfitriones de Jesús?

Jesús aprovecha la oportunidad para enseñarles algo a los fariseos. ¿Cuál es esa enseñanza?

 

 

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8. CAMINAR LIGEROS DE EQUIPAJE

 

Quienes caminan con Jesús hacia Jerusalén son invitados por Él a tener como único tesoro a Dios y su Reino (Lc 16,13; 18,22). Jesús pide desprendimiento y pobreza, no sólo material, sino, sobre todo, del corazón: “Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga detrás de mí, no puede ser discípulos mío” (Lc 14,26-27).

            Alguien podría pensar que Jesús está exigiendo “odiar” literalmente a las personas que amamos y a uno mismo. El verbo “odiar” refleja, sin embargo, un origen semítico que expresaría, por contraste, lo que nuestras lenguas dicen con un comparativo de preferencia. Por eso, Mateo lo expresa de otro modo: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí...” (Mt 10,38). Lucas prefiere mantener la antipática expresión “odiar” para expresar la radicalidad del cambio de vida que acontece cuando se sigue al Mesías Jesús: es preciso romper con el pasado, con los apegos, posponer afectos, “dejar”, separarse de lo que nos ata para caminar tras Jesús con corazón entero. En el N.T. encontramos otras imágenes para expresar esta llamada al desprendimiento: “desvestirse” (Col 3,9); dar muerte (Col 3,5); morir (Rom 6,2); crucificar (Gál 6,14); dejar (Mc 10,39; “olvidar lo que queda atrás” (Flp 3,13.

            Con esa libertad, sin sandalias, bolsa ni alforja, sin miedo y con el amor propio bajo los pies, pueden los discípulos convertirse ellos mismos en anuncio del Reino (Lc 10,4), desprendidos de toda complacencia en los éxitos de su misión, y con la única dicha de haber dado gratis lo que han recibido gratis del mismo Dios (Lc 10,20; Mt 10,8).