Pórtico: Aprender la Navidad de la mano de Lucas
1. Recibir a Dios en "lo de siempre" (Lc 1,26-38)
2. Servir con la urgencia del amor (Lc 1,39-44)
3. Agradecer a Dios su predilección por los últimos (Lc 1,46-55)
4. Creer, a pesar de las extrañas señales de Dios (Lc 2, 1-20)
No ha terminado el mes de octubre y el centro comercial donde suelo hacer las compras ya ha sido invadido por una hilera de estanterías atestadas de turrón. Ese turrón preanuncia el despliegue impresionante de productos de consumo que los grandes almacenes realizan, año tras año, para endulzar la Navidad. Preanuncia también los encuentros familiares, siempre dichosos (¡Ojalá las familias se reunieran mucho más a menudo, sin esperar a diciembre!). Pero, el caso es que aquel turrón prematuro se me antojó el símbolo de una Navidad cristiana eclipsada por el derroche, la ostentación, el trasiego y el ruido interior y exterior.
La navidad que la sociedad de consumo ha inventado para nosotros y nos ha inoculado, como en vena, está a años luz de la primera Navidad de Belén.
En las siguientes páginas, vamos a acercarnos a esta Navidad, la de verdad, la que va siendo arrinconada por un modo de celebrarla laicista y casi ateo. Y lo vamos a hacer de la mano de Lucas. Pero, antes, te invito a que hagas el siguiente ejercicio.
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Ejercicio: Aunque hasta finales de noviembre no comienza el Adviento, la publicidad comercial quiere arrastrarnos ya, de un modo impertinente y seductor, a entrar en la navidad del consumo.
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pÓrtico: aprender la navidad de la mano de lucas
Necesito evangelizar mi Navidad. Y, para hacerlo, no encuentro otro modo mejor que acercarme a un testigo de las cosas que sucedieron entre nosotros hace poco más de veinte siglos. Ese testigo es Lucas.
En su prólogo (Lc 1,1-4), Lucas le cuenta a Teófilo que su evangelio es fruto de una investigación diligente sobre la vida de Jesús, bebiendo de las fuentes originales: los que, desde el principio, fueron testigos oculares y servidores de la Palabra. Éstos contaron lo que oyeron y vieron con sus ojos, lo que contemplaron y tocaron sus manos acerca de la Palabra de la Vida (cf. 1 Jn,1,1). Y Lucas nos los contó a nosotros, desde el comienzo. Sólo dos evangelistas han incluido, en su obra, unos relatos sobre la infancia de Jesús: Mateo y Lucas. Son dos relatos muy distintos, pero no contradictorios, sino complementarios. La lectura orante de los capítulos 1 y 2 de ambos evangelistas puede disponer nuestro espacio interior para vivir la Navidad desde Belén. Pero, ya que es Lucas el evangelista que nos ha acompañado cada domingo del ciclo C, que concluirá con la fiesta de Jesucristo Rey, vamos a quedarnos con él para entrar, de su mano, en la Navidad de Belén, “aunque la cosa empezó en Galilea” (Hch 10,37).
Haciendo una lectura atenta y orante de Lucas 1 y 2, podemos vislumbrar muchas pistas para intentar vivir la cercana Navidad con la frescura y la novedad del anuncio del ángel a los pastores: “¡Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor!”. Entre estas pistas, destacamos cuatro, que vienen encabezadas por cuatro verbos: RECIBIR, SERVIR, AGRADECER, CREER.
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Ejercicio: Lee atentamente los capítulos 1 y 2 de Lucas.
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1. recibir a Dios en "lo de siempre" (Lc 1,26-38)
Navidad es celebrar el acontecimiento inefable y maravilloso de que Dios toma nuestra carne, desciende a lo nuestro, y se hace uno de tantos (cf. Jn 1,14; Flp 2,7).
Ya el libro del Éxodo nos contaba otro “descenso” de Dios, movido por su compasión: cuando el pueblo de Israel clamó a Dios desde el fondo de su esclavitud, Dios oyó sus gemidos, vio su aflicción, y “bajó” para “subir” a su pueblo hacia una tierra buena que manaba leche y miel (Ex 2,23-3,1-10).
En aquella ocasión, Dios se valió de un mediador para salvar a su pueblo: Moisés. En esta etapa final, Dios “bajó” en la persona de su Hijo, encarnación de sus entrañas compasivas en un cuerpo de mujer.
Acerquémonos al episodio del anuncio de la encarnación, mirando la escena con los ojos de Lucas. El escenario es “una ciudad de Galilea, llamada Nazaret”. Lucas no nos dice nada más de aquel lugar. Lo cierto es que no se trata de un lugar religioso o sagrado, como el templo, en donde acontece el anuncio de Juan (Lc 1,9.11.21). Tampoco nos dice nada del momento, aunque lo claro es que no sucedió durante una oración litúrgica rodeada de incienso (Lc 1,8-10). Lucas dice, simplemente, que el ángel “entró”, en un momento cualquiera (Lc 1,28).

Los artistas suelen representar a María, en la anunciación, en oración con un libro abierto –posiblemente la Escritura-, es decir, escuchando la Palabra. Pero Lucas no nos dice que María estuviera orando cuando el ángel llegó a ella. Hubiera podido decirlo, como en otras ocasiones (cf. 3,21; 5,16; 6,12; 9,18). Pero no lo dice. Lo cual nos da pie para pensar que Dios no escogió un momento extraordinario para manifestarse, sino uno de los acostumbrados momentos que ofrece el día para “volver los ojos hacia el Único Rostro” (Madeleine Delbrêl).
De María se dice, en dos ocasiones, que “conservaba” en su corazón todo lo que estaba pasando, y lo “meditaba” (cf. Lc 2,19.51). El verbo “conservar” del v. 51 es el mismo de Gn 37,11, en la versión griega de los LXX: José cuenta el sueño de las gavillas a su padre y a sus hermanos y, mientras sus hermanos se reconcomen de envidia, “su padre le daba vueltas al asunto”. El verbo describe la perplejidad interna de una persona que intenta comprender el significado profundo de lo que le han contado. El verbo “meditar” (symballein) se refiere a un ejercicio de darle vueltas interiormente a un asunto para intentar acertar con su significado. Estos dos verbos, “conservar” y “meditar”, caracterizan la forma de ser de María: una joven despierta, atenta a los signos de Dios y profundamente “interior”.
Así es que no es difícil imaginársela enfangada en las tareas cotidianas, con la mirada interior vuelta hacia Dios, conservando y meditando palabras, hechos, signos... Si María fuera una mujer del s. XXI, quizá podría hacer suyas las siguientes palabras de Madeleine Delbrel:
«¡Qué
alegría saber que podemos levantar los ojos
hacia
tu único rostro,
mientras
espesa la papilla,
mientras
el teléfono da comunicando,
mientras
esperamos en la parada del autobús
que
no llega,
mientras
subimos la escalera,
mientras
vamos al fondo del jardín a buscar
unas
ramitas de perifollo para terminar
la ensalada...!»
(La alegría de creer, 1997, p.100)
Pues ahí, en uno de esos momentos cotidianos carentes de novedad, entró Dios en la vida de María, con un saludo misterioso y un anuncio sorprendente e inesperado.
“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. “Llena de gracia”, kecharitomene, significa “la que ha recibido el favor de Dios”, la “agraciada” o “favorecida”. María fue agraciada, no con “el gordo” de la lotería, sino con la irrupción de Dios en su casa, en su vida, y en su cuerpo, de un modo único.
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Ejercicio:
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