2. servir con la urgencia del amor (Lc 1, 39-44)
Cuando estamos absortos en algo grande que nos está pasando (un enamoramiento, la noticia de la llegada de un nuevo hijo, un ascenso en el trabajo, un éxito profesional, un reconocimiento social...), nos resulta muy difícil desalojar nuestra atención de ese hecho en el que nosotros somos el centro y los protagonistas, para que otras personas, con sus problemas y necesidades, entren a ocupar algún espacio de nuestra atención y preocupación.
El episodio de la visitación nos muestra a una mujer, María, que, habiendo sido agraciada con el don más precioso e inesperado, no queda absorbida por el impacto de ese suceso, sino que su libertad y generosidad permanecen intactas y le dan oídos y ojos para reconocer las necesidades ajenas: “Tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de la que llamaban estéril” (Lc 1,36). María recibe estas palabras del ángel como un reclamo a ayudar y servir a su prima anciana. A continuación, el texto dice que María se levantó (verbo que se emplea para hablar de la resurrección) y se puso en camino, aprisa, a la región montañosa de Judá donde vivían Isabel y Zacarías. Posiblemente, allí se quedó hasta que Isabel dio a luz, porque el evangelista dice que permaneció tres meses.

La prisa de María nos revela su entrega y abnegación, su capacidad de ponerse en la piel del otro y la urgencia de su amor que la lleva a hacerse cargo de la situación de su prima.
Fijémonos en lo que María, portadora de Cristo en sus entrañas, provoca en los personajes a los que visita: gozo incontenible en Juan Bautista, efusión del Espíritu en Isabel, palabras de bendición para ella y el hijo que lleva en su seno, reconocimiento de su condición de “madre del Señor”, y una bienaventuranza: “¡Dichosa la que ha creído!”.
La que se negó a si misma para servir a una
anciana, la sierva del Señor, fue reconocida, más allá de su apariencia
humilde, como Madre del Señor. María es el primer personaje de Lucas en el que
se cumple el dicho repetido del Señor: “Todo el que se enaltece será
humillado y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11; 18,14).
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Ejercicio:
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3. agradecer a dios su predilección por los últimos (Lc 1,46-55)
María acaba de ser colmada de alabanzas y bendiciones por parte de Isabel y, lejos de mostrar una falsa humildad, muestra su alegría con total desinhibición. Sólo que María no se alegra por ser “grande” o por estar llena de dones, sino porque Dios es grande, el único Salvador, y el que la colma de bienes y de gracia con su mirada y su predilección (vv. 46-48).
En el cántico del Magnificat, María reconoce que será alabada por todas las generaciones, pero sabe que esa alabanza no se deberá a lo que ella hizo, sino a lo que Dios hizo en ella.
María sabe ser agradecida a su Dios, al que proclama Salvador, Poderoso, Santo y lleno de misericordia (vv. 50.54). Este Dios es parcial a favor de los humildes, los hambrientos y los pobres. Y María aprende a mirar la realidad con la misma mirada de Dios, para el que los últimos son los primeros y los primeros, últimos.
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Ejercicio:
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4. creer, a pesar de las extrañas señales de dios (Lc 2,1-10)
Lo que a María le anunció el ángel fue el nacimiento de un personaje “grande”, Hijo del Altísimo, heredero del trono de David, que reinaría en un reino eterno. Extraño anuncio para una mujer-niña de una pequeña ciudad de la denostada Galilea.
Nueve meses después de su sí, de su consentimiento, los indicios de que aquello tuviera alguna posibilidad de realizarse eran nulos. Incluso el parto aconteció “a la intemperie”, en la más pequeña de las ciudades de Judá, Belén (cf. Mi 5,1). Un pesebre fue la cuna del gran rey. Un establo, su palacio.

En esa escena, intervienen ahora los pastores, gente humilde del pueblo. Ellos son los elegidos para ser testigos oculares del acontecimiento más importante de la historia. Y a ellos se dirige el anuncio del ángel: “Os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor”. Hay un contraste intencionado entre este anuncio solemne y la señal que viene después: el Mesías, Rey y Salvador, está envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo grande de Dios está temblando en la carne frágil de un niño recién nacido.
Cuando Isabel vio a María, reconoció en ella a la Madre del Señor. Cuando los pastores ven al niño, reconocen en él al Rey y Salvador. La fe les ha cambiado la mirada. Y un mundo que podría antojarse “sin noticias de Dios” se torna preñado de señales.
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Ejercicio:
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