
Liturgia de la Palabra de agosto: Mateo 14,13-16,20 |
| Dom. 4 (XVIII) | Dom. 11 (XIX) | Dom. 18 (XX) | Dom. 25 (XXI) |
| Mt 14,13-21 | Mt 14,22-23 | Mt 15,21-28 | Mt 16,13-20 |
Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,13-20)
En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos:
- ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Ellos contestaron:
- Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.
Él les preguntó:
- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
- Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
- ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.
Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.
Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que era el Mesías.
Palabra del Señor
Meditatio
Como discípul@s del Señor, dejamos al Señor que nos forme en nuestro modo de pensar y de actuar. La Palabra de Dios que cada día nos propone la Iglesia puede convertirse en la luz y la fuerza de nuestro camino, de nuestras búsquedas y elecciones cotidianas.
Pidamos humildemente la apertura de nuestra mente y de nuestro corazón para que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo. Él, según la promesa de Jesús, nos lo enseñará todo y nos hará recordar todo lo que Jesús nos ha dicho (cf. Jn 14,26).
La Palabra de este domingo nos convierte en testigos de un acontecimiento en la región de Cesaréa de Filipo. Jesús, con sus discípulos, continúa su camino.
En los textos que preceden a este pasaje del Evangelio de Mateo, podemos ver cómo Jesús va formando a sus discípulos. Les enseña con las palabras y con la propia vida, a través de los milagros y de los simples gestos de bondad y de acogida de los otros. Los discípulos tienen muchas posibilidades de conocer más profundamente a su Maestro. Sin embargo, a menudo vemos que son incapaces de comprender la enseñanza de Jesús, de entrar en su lógica, en su modo de pensar, de sentir y de ver las cosas bajo una luz diferente.
En la liturgia de los domingos anteriores, Jesús revela su gran sensibilidad hacia la gente que le sigue. Él sabe ver sus necesidades, siente compasión hacia ellos y actúa con solicitud su salvación. A la sugerencia de los discípulos: "Despide a la gente" (Mt 14,15), Jesús responde: "Dadles vosotros de comer" (Mt 14,16).
Y ahora Jesús se pone a preguntar a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Esta pregunta sugiere que los discípulos tienen contacto con la gente, que saben lo que la gente piensa sobre Jesús. Del mismo modo nosotros, discípulos de Jesús en el presente, debemos conocer la mentalidad de la gente de hoy, sus necesidades más profundas, las dificultades que encuentran, para poder colaborar en la obra de la salvación.
Las respuestas de la gente indican que intuyen que Jesús es un gran profeta, pero no logran llegar al pleno conocimiento de su verdadera identidad. Y Jesús pregunta a sus discípulos: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Vemos cómo Jesús educa a sus discípulos a través de preguntas existenciales. La decisión de fe, de adhesión a la persona de Jesús, debe ser tomada con plena consciencia y de un modo totalmente personal. En la medida en que un discípulo personalice su fe, se irá aquilatando la cualidad y calidad de su vida creyente.
La respuesta de Pedro: "Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" toca profundamente la verdadera identidad de Jesús. También en otro momento Pedro, en nombre de los Doce, responde: "Nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el santo de Dios" (Jn 6,69). Pedro reconoce en Jesús "Al que es" (cf. Éx 3,14-15), al que ha sido enviado por el Padre, que "no es un Dios de muertos, sino de vivos" (cf. Mt 22,32).
El discípulo llega a este conocimiento de Dios no sólo a través de sus propios esfuerzos de profundización intelectual de la doctrina de la fe, o a través del cumplimiento de ciertas prácticas religiosas. Esta consciencia es el fruto, sobre todo, de la relación personal con Jesús; es apertura a la gracia de la revelación del Padre: "Dichoso tú... porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo". El Padre quiere revelar los misterios del Reino a los sencillos de corazón (cf. Mt 11,25).
Y Jesús edificará su Iglesia sobre Pedro, sobre esta piedra que, al mismo tiempo, no deja de ser frágil y débil, como vemos en los versículos siguientes del Evangelio. Dios no quita nuestra fragilidad. Pero, gracias a nuestra apertura filial al Padre (cf. Rm 8,14), nos convertimos en piedras, en casa edificada sobre roca (cf. Mt 7,24), que es capaz de soportar las tormentas y permanecer con firmeza en la fe.
Úrszula Szymanska, pddm (Polonia)
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