Con la solemnidad de Pentecostés, la
Liturgia retoma lo que llamamos "Tiempo Ordinario" en su
segunda parte:
la primera parte se celebró a partir del Bautismo del Señor hasta el miércoles
de Ceniza;
ahora celebraremos, de forma continuada, todos los domingos y semanas del Tiempo
Ordinario hasta la Fiesta de Cristo Rey, con la que se cerrará el presente año
litúrgico para dar comienzo al siguiente, el 1 de diciembre, I Domingo de
Adviento.
“Tiempo ordinario" no significa un período
del año litúrgico anodino y sin importancia especial. Es más, podemos decir
que, en cierto sentido, fue históricamente el primero con la celebración de la
Eucaristía, la "fracción del pan", cada domingo. Desde aquí se fue
organizando, con el paso de los años y los siglos, el año litúrgico, y fueron
naciendo los tiempos llamados “fuertes”, las solemnidades y las fiestas.
A lo largo del presente tiempo ordinario escucharemos la Palabra del Señor correspondiente al ciclo "A", en el que se proclama el evangelio de san Mateo, y con la ofrenda del Sacrificio pascual de Cristo en la Eucaristía, seguiremos haciendo memoria viva y actualizada del Misterio central de nuestra fe cristiana: el Misterio de la muerte y resurrección del Señor Jesús.
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El Concilio Vaticano II, en la Sacrosanctum Concilium, capítulo V,
presenta el año litúrgico con estas palabras:
«La santa madre Iglesia considera deber
suyo celebrar con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año,
la obra salvífica de su divino Esposo» (SC 102)
Habla de "días determinados"; poco más adelante, en el mismo número,
se refiere a la celebración del día del Señor, cada semana. Y prosigue aludiendo a la celebración de la resurrección
de Cristo una vez al año, para
concluir diciendo: "en el círculo
del año desarrolla todo el misterio de Cristo".
Para los cristianos "el tiempo" es el espacio, el
momento de la gracia y la salvación. Es el "kairós" de Dios,
porque la Trinidad ha entrado en nuestra historia humana de una forma
definitiva, "en la plenitud de los tiempos", con la encarnación del
Hijo. Desde entonces, el "tiempo"
para el cristiano es "memorial" del Misterio Pascual de Cristo Jesús,
centro y culminación de toda la historia de la salvación, momento cumbre que
resume y actualiza, con la eficacia de la especial presencia de Cristo en toda
acción litúrgica (cf. SC 7), todas las intervenciones de Dios en favor
nuestro.
La historia humana es y será para siempre una "historia de
salvación".
Y esto es lo que quiere celebrar la Iglesia a través del Año
litúrgico.
Las fiestas y los tiempos del año litúrgico no son
"aniversarios" o mera repetición de los momentos históricos
de la vida del Señor Jesús; son la celebración de su presencia, la
actualización, en el "hoy" de la liturgia, de todo su Misterio,
de la salvación que el Padre, por Jesús y en el Espíritu, nos comunica en
nuestro "aquí y ahora".
Los "días determinados", que constituyen todo el año litúrgico,
son "signos sagrados" impregnados de la presencia salvífica
del Señor Jesús, que renuevan y actualizan el mismo y único Misterio,
centrado en la pasión, muerte, resurrección y glorificación del Señor, para
que, entrando en contacto con él, cada año vayamos asemejándonos más a él,
no sólo en el sentido moral de la imitación, sino en el plano sacramental de
la vida misma de Cristo (cf. Rm 8, 29; Flp
3,10; Ef 4,24), que nos hace "hijos en el Hijo" y hace de nuestra
vida un culto agradable al Padre (cf. Rm
12, 1-2).
Por eso, a la celebración de los Misterios de Cristo, a lo largo del año
litúrgico, la Iglesia unió, ya a partir de los primeros siglos de su historia,
la celebración de los mártires, de la Virgen y de los Santos: María,
inseparablemente unida a la obra salvífica de su Hijo, y los santos como
aquellos en los que se ha cumplido ya definitivamente el misterio pascual de
Cristo (cf. SC 104).
Cada año litúrgico es, pues, una nueva oportunidad de gracia y de presencia del Señor de la historia en nuestra propia historia humana. El mismo que es, que era y que viene, viene a nosotros en el tiempo para hacernos semejantes a Él.
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