"... hasta que se forme Cristo en vosotros" (Ga 4, 19)
A
través del Año litúrgico, la Iglesia celebra "todo el misterio de
Cristo", nos introduce en él,
para que gradualmente vayamos consiguiendo en plenitud el fin de toda la
liturgia y de toda la vida cristiana: nuestra progresiva asimilación,
configuración con Cristo Jesús.
En
el itinerario del "círculo del Año", como lo llaman los textos litúrgicos,
hemos llegado a la Cuaresma del 2003. Tiempo de gracia y salvación. Tiempo en
el que la madre Iglesia pide que nos entreguemos "más intensamente a la escucha de la Palabra de Dios y a la oración"
para que, destacando sobre todo "los elementos bautismales y penitenciales propios de la liturgia
cuaresmal" celebremos con gozo el Misterio Pascual de Cristo (cf.
SC 109).
Los
Padres de la Iglesia y la liturgia presentan la Cuaresma como verdadero
"sacramento pascual", el "paschale
sacramentum" del que hablaba tanto el papa san León Magno. Toda la
liturgia es celebración de este "paschale Mysterium o sacramentum",
pero la Iglesia mira hacia él y centra en él de manera especial su atención a
lo largo de los 90 días que acabamos de iniciar: los 40 de la cuaresma, como
camino de preparación hacia la Pascua y los 50 de prolongación, que recibirán
su plenitud en el cumplimiento del Misterio pascual con la solemnidad de
Pentecostés.
La
Cuaresma del ciclo B, en el que nos está acompañando el evangelista san
Marcos, recibe el calificativo de "cristológica", apelativo que vale en realidad
para toda la liturgia, que siempre es "ejercicio
del sacerdocio de Jesucristo" (cf. SC 7). Pero al reservar de manera
particular este calificativo para el ciclo B se quiere subrayar cómo los
evangelios de los cinco domingos de Cuaresma están centrados en Cristo de una
manera explícita y muy directa.
Iniciamos
el primer domingo con el recuerdo de Jesús que, "empujado
al desierto por el Espíritu, se deja tentar por satanás" y se
convierte así no sólo en modelo para todos nosotros, sino en el protagonista
de nuestra victoria sobre el mal. En el Oficio de lectura leemos aquellas
palabras de san Agustín que iluminan todo nuestro itinerario cuaresmal: "En
Cristo
estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía
para ti la salvación (...) Reconócete a ti mismo tentado en
él, y reconócete también vencedor en
él".
La
Palabra de Dios en la primera y segunda lectura de este primer domingo nos
recuerda que entramos en la Cuaresma conscientes de que con el Bautismo hemos
sido inmersos en Cristo Jesús, hechos "hijos en el Hijo".
Que, en coherencia con el Bautismo que hemos recibido,
vivamos como criaturas resucitadas y nuevas, para gloria de Dios Padre,
en el Espíritu. "Cuantos
fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte, sepultados
por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de
entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros
vivamos una vida nueva" (Rom 6,4).
En
el
segundo de Cuaresma, contemplamos al
Señor "transfigurado", "Icono de la Belleza que salvará el
mundo". Purificados por la escucha de su Palabra, le pedimos al Padre que
podamos, "con mirada limpia,
contemplar la gloria de su Rostro".
El
evangelio según san Juan sustituye a Marcos en
los tres domingos sucesivos y nos va presentando a Jesús como el
único templo verdadero del culto grato al Padre (domingo 3º), a Jesús,
signo y don del amor del Padre a nuestro mundo (domingo 4º),
Jesús grano de trigo que,
enterrado, resucitará y dará así fruto abundante, el fruto de la salvación
de todos los hombres y de la perfecta glorificación de la Trinidad Santa.
Con
el Domingo de Ramos la liturgia nos introducirá en la gran Semana Santa.
Podemos
concluir volviendo una vez más al texto
del evangelio del primer domingo de Cuaresma. En él se nos recuerdan las
primeras palabras que el evangelista Marcos pone en boca de Jesús al inicio de
su misión: "Se
ha cumplido el plazo: está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la buena
Noticia".
El
designio salvífico del Padre se ha ido realizando a lo largo de la historia y,
con la encarnación del Verbo de Dios, ha llegado a su cumplimiento, a su
plenitud (cf. Ga 4,6). Hemos llegado a la plenitud del tiempo establecido por
la Trinidad para la salvación de la humanidad. Al inicio de la Cuaresma, esta
palabra del Señor resuena como una interpelación
apremiante a la conversión, al cambio de mentalidad, a dejar toda mediocridad y
la vida no conforme a la voluntad del Padre, para dar expresividad plena a lo
que ya somos por el sacramento: hijos de Dios en el Hijo unigénito Jesucristo.
Los hombres y mujeres del siglo XXI tienen derecho a buscar y encontrar en cada uno de los cristianos, de los bautizados, esos "otros Cristos", que pasen por el mundo haciendo el bien, como Jesús, que como él vivan con talante de hijos y hermanos la vocación cristiana que se nos ha regalado en el Bautismo.
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