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Los ritos del lavatorio de pies del Jueves Santo, rico de marcado acento sacerdotal, ¿tiene sentido que lo realicen las comunidades neocatecumenales, por parte de los catequistas o responsables? ¿No es un contrasentido que la comunidad parroquial, en las celebraciones del Triduo Sacro se divida? ¿Pueden catequistas y responsables de las c. neoc. imponer la ceniza en celebraciones aparte de las parroquiales, sin contar con la presencia del párroco? Rafael Vez Palomino |
Con relación al lavatorio de los pies del Jueves santo:
Existen como dos vertientes de este gesto: una litúrgica y otra devocional. Por supuesto, el gesto realizado durante la Celebración de la Misa "en la Cena del Señor" ha de ser realizada por el presbítero que preside la celebración: Forma parte de la liturgia eucarística vespertina del Jueves santo.
- El rito devocional es un sacramental que no tiene por qué estar vinculado al ministerio ordenado. Es un uso presente en monasterios, con carácter devocional: lo realiza la abadesa u otra persona de la comunidad. Para este rito monacal se compuso el canto del Ubi Caritas que acompaña el gesto del lavatorio.
- Las informaciones que tenemos sobre las comunidades catecumenales a este respecto, parece ser que indican que realizan el lavatorio en este segundo sentido. Entonces sí lo puede realizar un catequista o responsable de la comunidad.
El rito de imposición de la Ceniza
es un sacramental no vinculado al ministerio ordenado. Durante la celebración
eucarística del miércoles de Ceniza, lo normal es que la imponga el presbítero
que preside, pero puede ser ayudado, así como lo puede ser para distribuir la
Comunión.
Uso
el ambón: El ambón es lugar celebrativo reservado a:
- la proclamación de la Palabra de Dios
- el canto del pregón Pascual
- el Anuncio de las fiestas pascuales el 6 de enero.
Está permitido eventualmente hacer desde el ambón la homilía y la Oración de los fieles.
Lamentablemente, el uso del ambón para otras cosas, como moniciones, cantos, etc. no es sólo propia de las comunidades catecumenales. Está bastante más extendido. Habría que ir corrigiéndolo, dando a cada espacio celebrativo el servicio para lo que ha sido creado.
Las indicaciones de la Congregación para el Culto divino se deben seguir. Y
también tener en cuenta las disposiciones del ordinario de lugar, el obispo de
la Iglesia local en cuestión.
Los
"escrutinios" sabemos que son oración de exorcismo para los
verdaderos "catecúmenos". En
el caso en cuestión son considerados no verdaderos exorcismos - y
está claro que no sustituyen el sacramento de la Reconciliación - sino que
son considerados como "jalones" en el proceso de asimilación
vivencial de los Sacramentos de la iniciación cristiana.
La
pregunta relativa a "entrar en la conciencia", está claro que
nadie puede entrar en la conciencia de otra persona, si ésta no se le
manifiesta con libertad. Es el "sagrario" más secreto y personal que cada uno de nosotros posee. Y con ese respeto y delicadeza hay que
tratarlo.
Creo que sobra toda añadidura.

Ante todo, recordamos el principio
teológico-litúrgico que manifiesta la Concelebración de la
Eucaristía:
"La concelebración es una apropiada
manifestación de la unidad del sacerdocio, del sacrifico y de todo el pueblo de
Dios" (de
la Ordenación General del Misal Romano, n. 153).
Algunas rúbricas, que obedecen a este principio:
Los
concelebrantes se revisten de los mismos ornamentos que suelen llevar cuando
celebran la Misa individualmente. Si hay un justo motivo, a excepción del celebrante
principal, pueden suprimir la casulla, llevando la estola sobre el alba.
Llegados al altar, los concelebrantes y el celebrante principal, hecha la debida
reverencia, veneran el altar besándolo y se dirigen a la sede.
La homilía la hará regularmente el celebrante principal o uno de los
concelebrantes.
Los ritos de la presentación de las ofrendas los hace solamente el celebrante
principal; los demás concelebrantes permanecen en sus puestos.
Terminados estos ritos, los concelebrantes se acercan al altar y se disponen
alrededor de él.
El
prefacio lo proclama sólo el celebrante principal.
Sigo con las rúbricas
de la Plegaria
eucarística III
(por libre elección; lo que se dice, vale en general también para las otras
Plegarias eucarísticas)
Los
gestos que acompañan la Plegaria eucarística lo hace sólo el celebrante
principal, si no se advierte lo contrario. Y los textos que competen a todos los
concelebrantes los pronuncian a una, pero
en voz baja para que se pueda oír distintamente la voz del celebrante
principal.
En el momento de la primera epíclesis (Por
eso, Padre, te suplicamos...), todos los concelebrantes, con las manos
extendidas, dicen a una, pero en voz baja la epíclesis: "Por eso, Padre, te
suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado
para ti", siguen con las manos extendidas todos, mientras el
celebrante principal junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y
el cáliz conjuntamente.
La fórmula de la consagración: "Porque
él mismo..., entregado por vosotros", la pronuncia de manera clara y
bien perceptible el celebrante principal. Los demás concelebrantes lo hacen
pronunciando las palabras en voz baja, extendiendo la mano derecha hacia el pan
y el vino, sin hacer ninguno del os gestos que hace el celebrante principal.
Después del a consagración y elevación del pan eucarístico, el celebrante
principal adora haciendo genuflexión, mientras los demás se inclinan
profundamente.
Prosigue el celebrante principal y los demás lo acompañan en voz baja con las
palabras del Señor sobre el cáliz. Las rúbricas son idénticas a las de la
consagración del pan.
Después de la aclamación del pueblo a una de las fórmulas dichas por el
celebrante principal, de nuevo el
celebrante principal prosigue en voz alta y los demás en voz baja con las manos
extendidas, la oración de anámnesis y ofertorio ("Así,
pues, Padre, al celebrar ahora el memorial... y Dirige tu mirada...").
Las oraciones siguientes se pueden confiar a uno y a otro de los concelebrantes
que las dicen en voz alta y con las manos extendidas.
La doxología final "Por Cristo, con
él y en él..." la pueden decir, junto con el celebrante principal, en
voz alta todos los concelebrantes, mientras celebrante principal y diácono o
uno de los concelebrantes elevan la patena con el pan consagrado y el cáliz.
El
Padrenuestro lo dicen todos juntos con el pueblo
El embolismo "Líbranos, Señor" lo dice sólo el celebrante principal
Después en el momento oportuno, uno de los concelebrantes invita a darse la
paz. Los concelebrantes que están más cerca del celebrante principal, reciben
de éste la paz, antes que el diácono.
Mientras se dice o canta el cordero de Dios, algunos concelebrantes pueden
ayudar a partir el pan para la comunión de los mismos concelebrantes y para la
del pueblo. ( NB. ¡Sería deseable que se hiciese la fracción del pan -
hostias grandes - también para el pueblo, por lo menos para los primeros que
comulguen! El signo de la fracción y su significado teológico-litúrgico se
expresaría de forma más transparente). La rúbrica lo deja entender
claramente.
Después del a fracción, sólo el celebrante principal dice en voz baja la
oración "Señor Jesucristo..."
Terminada esta oración, el celebrante principal se retira un poco. Los demás
concelebrantes, uno tras otro, se van acercando al altar, hacen genuflexión y
cogen del altar el Cuerpo de Cristo; teniéndolo luego en la mano derecha y
poniendo la izquierda debajo, se retiran a sus puestos. O pueden permanecer en
sus sitios y recibiendo el Cuerpo de Cristo del celebrante principal o de uno de
los concelebrantes.
El celebrante principal muestra el pan consagrado y vuelto al pueblo, dice:
"Éste es el Cordero de Dios...", prosiguiendo luego con los
concelebrantes y con el pueblo: "Señor, no soy digno...". Después de
recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, el celebrante principal distribuye la
comunión a los fieles.
Los concelebrantes pueden tomar al Sangre del Señor del altar, o bebiendo del cáliz
que les irá pasando el diácono o uno del os concelebrantes.
Al
final de la Misa, todos hacen la debida reverencia al altar. El celebrante
principal lo venera también besándolo, como de costumbre.
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© Concepción González, pddm