El Crucificado-Resucitado de San Damián:

un cuerpo abierto y entregado

 para la vida del mundo 

 

 

 

Más de una persona me ha preguntado: - «¿Qué ves, en esta imagen, que tanto te gusta?». No sé por dónde empezar a explicarme. Sólo sé que me atrae con una fuerza alegre y esperanzada, que me transmite energía y vida, que me consuela y me resulta delicadamente fascinante. 

 

Lo primero que me llama la atención son sus ojos abiertos, grandes, alegres y despiertos. No es un Dios dormido, que no ve, ni oye, ni escucha. Es un Dios que MIRA. Mira a cada persona desde su realidad abierta, entregada y feliz. Mira de una forma penetrante, de tal modo que quien le mira no puede quedar pasivo, como si nada estuviese aconteciendo, sino que se siente envuelto en un amor no merecido, y embarcado en una empresa arriesgada que no ha elegido. Quien se deja mirar por esos ojos grandes y alegres comienza a saberse agraciado, mirado con buenos ojos. Siente que le ha caído en gracia a Dios mismo, y comienza a sentirse amado. Quien mira esa mirada desea, además, aprender a mirar del mismo modo.

 

        Los ojos del Crucificado de San Damián me recuerdan al Dios del Éxodo, al Dios vivo cuyas entrañas se estremecen cuando ve el dolor de su pueblo, hasta el punto de bajar a salvar. El Señor Jesús mira así la historia de todos y cada uno de los hombres y mujeres de este mundo. Si yo, que estoy enferma y no sé amar, me siento conmovida por el dolor del mundo, atravesada por sus tragedias diarias y su infelicidad, por sus injusticias y su desdicha, ¿cómo Dios, que es Amor y Padre y Madre de todos no se va a conmover aún más por sus hijos e hijas? La bondad y la justicia de Dios se transparentan en los ojos del Resucitado-Crucificado de San Damián.

 

        El sonríe. Y todos los que reciben la abundancia de su vida derramada, como un torrente, de manos, pies y costado, de su cuerpo amado, bendecido, roto y entregado, todos ellos y ellas, sonríen también. Probablemente la "hora" de Jesús, cumplida a las afueras de Jerusalén, no fuera tan feliz en su acontecer histórico. El miedo, la impotencia, la derrota y el dolor de la pérdida del Maestro amado habrán arrancado muchas lágrimas en todos los que le seguían. Pero la Buena Noticia de la Pascua dice que Él está vivo, y que su Espíritu, brotado de su costado abierto, es un manantial de vida en cuantos nacen de nuevo. Todos lo que sonríen son criaturas nuevas que han cambiado su luto en danzas. Gozan bajo el torrente de vida que brota de la persona del Resucitado, que es el Amigo de la vida y la Vida misma. 

        María y Juan sonríen a su derecha. Los dos saben que el cuerpo de Jesús, atravesado por los clavos y la lanza de un soldado, será transfigurado y vivificado por el Padre. Las mujeres que le siguieron desde Galilea, sirviéndole con sus bienes, sonríen, porque ya se está gestando en ellas el canto de la mañana de Pascua: «Resucitó, de veras, mi amor y mi esperanza». El centurión sonríe, porque Dios ha puesto en él su Espíritu para que profetice: «Verdaderamente, éste es Hijo de Dios». La sonrisa de todos, presente en este icono, me recuerda que la fe cristiana no ha de ser excesivamente seria, taciturna, aburrida y, mucho menos, desesperada. Dios ríe desde su cielo. De Jesucristo decimos, en un himno de Pascua, que es "Santo y Feliz". El humor forma parte del amor. Podríamos decir que es, también, un modo de amar.

 

        Del Crucificado de San Damián me atrae su Cuerpo desnudo, abierto, entregado, vulnerable, indefenso. ¿Hay alguien más indefenso que un hombre desnudo y clavado en una cruz? Beso sus llagas muchas veces. Y me pregunto si las besaría igualmente si fueran reales. Es muy fácil besar una imagen de madera o de barro, un icono en un cuadro, el rosario que rezamos a menudo o la Biblia que leemos todos los días... Y es, por otra parte, una expresión legítima de nuestro cariño y reverencia hacia lo que significan. Pero este culto, si no vuelve la mirada hacia las imágenes vivas de Dios que son los otros, especialmente los pobres y pequeños que nos rodean, es hipócrita, vacío y mentiroso. Por eso deseo que ese gesto de besar con reverencia y amor al Crucificado-Resucitado de San Damián me abra de par en par a cuerpos desprovistos de belleza y atractivo, cuerpos "contraculturales" bien distintos a los que pone de moda nuestra cultura occidental: delgados, jóvenes y hermosos, sin canas ni arrugas ni nada que se le parezca. Que pueda yo acompañar con gracia, cuidar y abrazar a personas cuyos cuerpos son "feos", enfermos, viejos y malolientes.

 

        Junto a esto, el Cuerpo desnudo y abierto del Crucificado me habla de nuestros cuerpos, en ocasiones, tan duramente tratados, descuidados e incluso odiados, merced a una espiritualidad dualista contraria al Evangelio mismo. Un rechazo del cuerpo que se manifiesta en una falta de autoestima básica e incluso en autodesprecio. ¿Cuándo entenderemos que nuestro cuerpo no es un burro de carga que hay que dominar a golpes para que obedezca, ni el horrible enemigo del alma al que hay que morti-ficar, es decir, matar? ¿Cuándo aprenderemos que el mandato de amarnos a nosotros mismos incluye también a nuestro cuerpo porque él es nosotros? El Cuerpo del Crucificado-Resucitado me habla de encarnación. Sólo podemos salvar aquello que asumimos y amamos. Y si el Señor Jesús, con su encarnación, asumió todo lo nuestro, excepto el pecado, si Él nos acogió así, ¿por qué nosotros debemos despreciarlo o desconfiar de ello?

        

        Y vamos aún más allá: los cuerpos torturados, mutilados, lapidados, destruidos por el hambre o las armas. Su Cuerpo me habla también de esos cuerpos anónimos, enterrados en fosas comunes, a los que habría que haber amado antes, para que no se produjeran esas tragedias atroces. Pienso en los países en que la vida humana vale bien poco, y me pregunto qué tiene que pasar para que todos los hombres y mujeres que contemplamos esos episodios en nuestras televisiones despertemos, nos pongamos en pie y gritemos: "¡nunca más!", y hagamos algo en nuestras economías para que sea posible que todos comamos, trabajemos, tengamos casa, medicina y educación, y no nos veamos amenazados más por invasiones enemigas, ni por sus bombas, tanques y ametralladoras que arrasan nuestros campos y ciudades y abrasan nuestros cuerpos vulnerables. Bastaría un 10% de todo lo que malgastamos para que los cuerpos olvidados, encarnación de Dios en la tierra, vivieran con la dignidad que les pertenece desde su nacimiento y de la que han sido privados por el mal reparto de los medios de subsistencia que Dios ha regalado para todos.

 

        Elevado en la cruz, con los ojos abiertos, el Crucificado-Resucitado riega, con su sangre, el campo de su Iglesia para que sea fecunda y crezca en discípulos/as dispuestos/as a anunciar la Buena Noticia a los crucificados de la historia, a bajarles de sus cruces y a devolverles su dignidad robada.

 

        Todo este Misterio de Salvación se encuentra bajo la bendición del Padre. «A Dios nadie lo ha visto jamás». Su rostro no aparece en el icono porque el rostro del Padre es Jesús. Pero sí aparece su mano, el fuerte brazo de Dios, en la parte superior del icono, bendiciendo al Hijo y revelando que es su Hijo Amado: «Tú eres mi Hijo amado, en quien me complazco». Su mano revela que Dios no está quieto. Dios actúa. Su mano revela también la Trinidad, puesto que sus dedos derraman el Espíritu sobre su Hijo y sobre la Iglesia naciente. Y, entre la mano del Padre y la figura del Crucificado, la imagen de Cristo glorioso se eleva y vuelve al Padre, del que ha descendido para elevarnos a todos con Él.

 

Su manto dorado indica su victoria. El halo de luz que envuelve su cabeza indica su divinidad. La cruz, símbolo de amor y entrega hasta el extremo, es su cetro real, el emblema de su extraña realeza. Su manto rojo indica su poder. Él es el Señor que ha venido para que tengamos vida y vida abundante.

 

        Por eso me gusta tanto el icono de San Damián. Porque representa, de una forma muy plástica y profunda, el Dios en el que creo. Un Dios que está más allá de cuanto podamos pensar o concebir, pero que nos muestra siquiera su espalda, a través de la materia que un día, en su Hijo, Él mismo quiso asumir.

 

 

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