Celebramos
hoy nuestro encuentro con Cristo Vida, que viene siempre «para que todos tengan
vida...» Este encuentro es un memorial de la entrega total del Hijo que, en el
Espíritu, nos hace capaces de vivir plenamente nuestro sacerdocio,
de asumir, en la pobreza de nuestra condición, el sentido de servicio y de «permanecer
en el amor hasta el extremo». Esta vida es una maravillosa realidad que se va
realizando en nosotros en el Espíritu del Hijo y del Padre, hasta que lleguemos
a la experiencia de Gálatas 2,20: «no soy yo quien vive, es Cristo quien vive
en mí».
Himno:
Tú eres nuestra paz
Shalom,
shalom, tú eres, Jesucristo,
nuestra
paz, nuestra reconciliación.
Cristo,
paz y reconciliación del hombre,
esperado
de los pueblos, Salvador.
Cristo,
has venido a proclamar el gozo
y
la paz a los de cerca y los de lejos.
Jesús
Maestro, creemos en ti, te damos gracias.
Cristo,
eres el camino para el Padre,
esperanza
cierta para el peregrino.
Cristo,
la verdad que al Padre nos revela,
la
Palabra eterna, rostro del amor.
Jesús
Maestro, creemos en ti, te damos gracias.
Cristo,
vida verdadera, pan del cielo,
nuestras
ansias y esperanzas satisfaces;
Cristo,
nuestra sed y agobio tú reparas,
agua
viva para quien a ti recurre.
Jesús
Maestro, creemos en ti, te damos gracias.
Cristo,
buen Pastor, eterno sacerdote,
mediador
entre los hombres y Dios Padre.
Cristo,
meta y prenda de la gloria eterna,
alegría
que jamás se apagará.
Jesús Maestro, creemos en ti, te damos gracias.
Texto
bíblico: 1 Pedro 2,21-24
Texto
del P. Alberione: (CISP 1383)
Jesucristo
es la Vida. La
gracia es una cualidad sobrenatural, inherente a nuestra alma, que nos confiere
una participación física y formal, aunque análoga y accidental, de la
naturaleza de Dios. Constituye la vida de Cristo en nosotros. Los efectos de la
gracia santificante los describe san Pablo: «Habéis recibido no un espíritu
de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos,
que nos hace gritar: ¡Abbá! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un
testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también
herederos, de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él, para ser
también con él glorificados» (Rm 8,15-17).
Oración
Jesús,
Divino Maestro,
te
adoramos como unigénito de Dios,
venido
al mundo para dar a los hombres la vida
en
toda su plenitud.
Te
damos gracias porque, muriendo en la cruz,
nos
has merecido la vida,
que
nos comunicas en el bautismo,
y
alimentas en la eucaristía y los demás sacramentos.
Vive
en nosotros, Jesús,
por
la fuerza del Espíritu Santo,
para
que te amemos con toda la mente,
con
todas las fuerzas y todo el corazón,
y
amemos al prójimo como a nosotros mismos.
Aumenta
en nosotros el amor
para
que un día, resucitados a la vida gloriosa,
participemos
contigo en el gozo de tu reino.
Texto
bíblico: Jn 14,1-17.
O
bien, el Magníficat con una de estas antífonas:
1.
Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la
verdad. Aleluya.
2.
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. El que permanece en mí no camina en
tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Aleluya.
Preces
espontáneas
De
la escucha de Cristo Vida, por la que él se hace presente para nosotros hoy (en
los sacramentos, en la historia del sufrimiento humano), nace nuestra oración
comunitaria.
O
bien las siguientes:
Reunidos
en oración, fieles al Espíritu de Jesucristo camino, verdad y vida, que ora en
nosotros, elevemos a él nuestra súplica, y digamos:
Jesús Maestro, nuestra vida y nuestro gozo, escúchanos.
Tú
eres la luz de la humanidad entera;
—
infunde en todos los hombres la plenitud de tu verdad, para que todos te
conozcan y te sigan.
Tú
que nos has saciado con tu Palabra y con tu Cuerpo en la celebración eucarística,
—
concédenos querer lo que quiere el Padre y amar como tú has amado, para que
seamos, también nosotros, palabra y alimento para los hermanos.
Tú
eres el fundamento de la unidad y la comunión entre todos los hermanos;
—
haz que, fieles a tu mandamiento del amor, permanezcamos siempre unidos a ti.
Tú
«respondes a las exigencias fundamentales del hombre, quien posee una
inteligencia que necesita ser iluminada, una voluntad que debe ser orientada al
bien y un corazón que ha de ser santificado»;
—
danos sabiduría y conocimiento para comprender los misterios de tu presencia en
medio de nosotros.
Tú
eres la luz que ilumina la ciudad santa de Dios;
—
muestra tu rostro a nuestros hermanos y hermanas difuntos, para que sean
eternamente felices contigo.
Oración
Oh
Dios, Padre de la luz, que en la plenitud de los tiempos has hablado a los
hombres en la persona de tu Hijo amado, concédenos, a quienes lo confesamos
Maestro y Señor, seguirlo fielmente como discípulos, para que lo anunciemos al
mundo como camino, verdad y vida. Él que vive y reina por los siglos de los
siglos.
Bendición
Que
Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, nos conceda estar de acuerdo entre
nosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a una voz, alabemos al Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo.
El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
(Paraliturgia preparada por José Antonio Pérez, ssp)
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