Día tercero – Jesucristo Vida

 

Celebramos hoy nuestro encuentro con Cristo Vida, que viene siempre «para que todos tengan vida...» Este encuentro es un memorial de la entrega total del Hijo que, en el Espíritu, nos hace capaces de vivir plenamente nuestro sacerdocio, de asumir, en la pobreza de nuestra condición, el sentido de servicio y de «permanecer en el amor hasta el extremo». Esta vida es una maravillosa realidad que se va realizando en nosotros en el Espíritu del Hijo y del Padre, hasta que lleguemos a la experiencia de Gálatas 2,20: «no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».

 

Himno: Tú eres nuestra paz

 

Shalom, shalom, tú eres, Jesucristo,

nuestra paz, nuestra reconciliación.

 

Cristo, paz y reconciliación del hombre,

esperado de los pueblos, Salvador.

Cristo, has venido a proclamar el gozo

y la paz a los de cerca y los de lejos.

Jesús Maestro, creemos en ti, te damos gracias.

Cristo, eres el camino para el Padre,

esperanza cierta para el peregrino.

Cristo, la verdad que al Padre nos revela,

la Palabra eterna, rostro del amor.

Jesús Maestro, creemos en ti, te damos gracias.

 

Cristo, vida verdadera, pan del cielo,

nuestras ansias y esperanzas satisfaces;

Cristo, nuestra sed y agobio tú reparas,

agua viva para quien a ti recurre.

Jesús Maestro, creemos en ti, te damos gracias.

 

Cristo, buen Pastor, eterno sacerdote,

mediador entre los hombres y Dios Padre.

Cristo, meta y prenda de la gloria eterna,

alegría que jamás se apagará.

Jesús Maestro, creemos en ti, te damos gracias.

 

Texto bíblico: 1 Pedro 2,21-24

 

Texto del P. Alberione: (CISP 1383)

 

Jesucristo es la Vida. La gracia es una cualidad sobrenatural, inherente a nuestra alma, que nos confiere una participación física y formal, aunque análoga y accidental, de la naturaleza de Dios. Constituye la vida de Cristo en nosotros. Los efectos de la gracia santificante los describe san Pablo: «Habéis recibido no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abbá! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos, de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rm 8,15-17).

 

Oración

 

Jesús, Divino Maestro,

te adoramos como unigénito de Dios,

venido al mundo para dar a los hombres la vida

en toda su plenitud.

Te damos gracias porque, muriendo en la cruz,

nos has merecido la vida,

que nos comunicas en el bautismo,

y alimentas en la eucaristía y los demás sacramentos.

Vive en nosotros, Jesús,

por la fuerza del Espíritu Santo,

para que te amemos con toda la mente,

con todas las fuerzas y todo el corazón,

y amemos al prójimo como a nosotros mismos.

Aumenta en nosotros el amor

para que un día, resucitados a la vida gloriosa,

participemos contigo en el gozo de tu reino.

 

Texto bíblico: Jn 14,1-17.

 

O bien, el Magníficat con una de estas antífonas:

 

1. Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. Aleluya.

 

2. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. El que permanece en mí no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Aleluya.

 

Preces espontáneas

 

De la escucha de Cristo Vida, por la que él se hace presente para nosotros hoy (en los sacramentos, en la historia del sufrimiento humano), nace nuestra oración comunitaria.

 

O bien las siguientes:

 

Reunidos en oración, fieles al Espíritu de Jesucristo camino, verdad y vida, que ora en nosotros, elevemos a él nuestra súplica, y digamos:

 

        Jesús Maestro, nuestra vida y nuestro gozo, escúchanos.

 

Tú eres la luz de la humanidad entera;

— infunde en todos los hombres la plenitud de tu verdad, para que todos te conozcan y te sigan.

 

Tú que nos has saciado con tu Palabra y con tu Cuerpo en la celebración eucarística,

— concédenos querer lo que quiere el Padre y amar como tú has amado, para que seamos, también nosotros, palabra y alimento para los hermanos.

 

Tú eres el fundamento de la unidad y la comunión entre todos los hermanos;

— haz que, fieles a tu mandamiento del amor, permanezcamos siempre unidos a ti.

 

Tú «respondes a las exigencias fundamentales del hombre, quien posee una inteligencia que necesita ser iluminada, una voluntad que debe ser orientada al bien y un corazón que ha de ser santificado»;

— danos sabiduría y conocimiento para comprender los misterios de tu presencia en medio de nosotros.

 

Tú eres la luz que ilumina la ciudad santa de Dios;

— muestra tu rostro a nuestros hermanos y hermanas difuntos, para que sean eternamente felices contigo.

 

Padre nuestro.

 

Oración

 

Oh Dios, Padre de la luz, que en la plenitud de los tiempos has hablado a los hombres en la persona de tu Hijo amado, concédenos, a quienes lo confesamos Maestro y Señor, seguirlo fielmente como discípulos, para que lo anunciemos al mundo como camino, verdad y vida. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Bendición

 

Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, nos conceda estar de acuerdo entre nosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a una voz, alabemos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

 

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.

 

 

(Paraliturgia preparada por José Antonio Pérez, ssp)

 

 

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