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1. JESÚS MAESTRO, COMUNICADOR Hna. Concepción González, pddm - Sevilla, 28 de octubre de 2006
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“Comunicador”,
considerado en sentido pleno, total,
integral. Lo mismo que “MAESTRO” va considerado en sentido pleno, integral,
de todo el ser. No es sólo el que ilumina, ofrece conocimientos nuevos, sino el
que da Vida. Nosotros consideramos a Jesús como “Maestro Comunicador”:
que comunica, revela, transmite la verdad, es la
VERDAD, el “revelador” del Padre y del Espíritu;
que comunica, enseña, con la palabra y el ejemplo, los caminos del bien; es el
CAMINO para ir al Padre: “nadie va
al Padre si no es por mí”. Es el Pastor, la Puerta por donde podemos
entrar, salir y encontrar “pastos
abundantes”.
Maestro que comunica la Vida y vida en abundancia (Jn 10,10), que cura a la
persona humana enferma, y la sana en su totalidad; porque Él es la VIDA (Jn 14,6).
Maestro,
pues, que es Verdad-Camino-Vida. “Maestro
con corazón de Pastor” (Giacomo
Perego).
¡Cuántos ejemplos de este magisterio de Jesús tenemos en el Evangelio!
En efecto, todos sus milagros son
orientados y finalizados a dar vida abundante a los hombres, muchos de los
cuales malviven en pobreza, a veces en miseria, y sufrimiento de diverso tipo.
Para todos, pero para éstos de manera singular, el Maestro ha venido a dar
vida, a comunicar la verdad, a indicar el camino de la salvación y comunicar
salvación, salud, gracia.
Ha venido a salvar a la persona humana, tenida siempre en
cuenta en su “totalidad”.
Así
por ejemplo, vemos que al paralítico, que es presentado con fe a Jesús para que lo cure,
el Maestro le dice: «Tus
pecados te son perdonados».
Le
perdona y sana espiritualmente, después lo cura también de su parálisis, y el
paralítico, curado, se volvió con la camilla a su casa, dando gloria a Dios (Lc 5, 25);
el ciego curado glorificaba a Dios y todos los que lo vieron se unían en la
alabanza a Dios (Lc 18, 43); el leproso
samaritano, al sentirse curado, se volvió él solo de entre los diez,
alabando a Dios con grandes gritos (Lc
17, 15); el paralítico de la puerta
Hermosa, curado esta vez por
Pedro y Juan, de un salto se puso en pie y
andaba. Entró con ellos en el Templo andando, dando brincos y alabando a Dios
(Hch 3, 7-8).
Los
milagros de Jesús Maestro, en efecto, no son nunca fin en sí mismos; son
“signos” – “seméia” los llama el evangelista Juan -, y signos del
poder salvador de Cristo y de la salvación integral de “todo el hombre”:
mente, voluntad, corazón, fuerzas físicas, vida psíquica y espiritual.
Encontramos aquí, lo que podemos llamar el “todismo” al que nos acostumbró
el beato Alberione y sobre el que tanto insistía él.
Quiero detenerme un momento en el pasaje evangélico de Mc 7, 31-37 que refiere la curación del sordomudo, para subrayar algunos puntos que me ofrecieron la inspiración para fijarme en “Jesús Maestro comunicador”.
El
sordomudo no podía comunicarse con los
demás, ni oír su voz ni expresar sus propios sentimientos y
necesidades. (Hoy podría hacerlo a través
del alfabeto “braille”).
Reflexionando
sobre este enfermo, imposibilitado para comunicarse con los demás, podemos
constatar, con Raniero Cantalamessa, que si la sordera y la mudez consisten en
la incapacidad de comunicarse
correctamente con el prójimo, de tener relaciones buenas, satisfactorias,
bellas, entonces podemos fácilmente reconocer que todos
somos, quien más quien menos, sordomudos,
y por ello a todos Jesús Maestro hoy nos dirige aquel grito, que fue: “suspiro” de com-pasión y “grito”
de curación: “¡Éffetá!”
[Lectura orante de este pasaje aquí: Mc 7,31-37]
Somos
“sordos”, incapaces de comunicar,
cuando no “escuchamos” la Palabra
de Dios. Es ésta la queja dolorida de Yahvé:
“Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no me quiso obedecer” (sal
81/80). Porque el mandato fundamental del Señor es: «¡Escucha,
Israel!» - Shemâ, Israel – (“Escuchar”
es quizás el verbo más repetido en la Biblia). Y la
“escucha” es la actitud básica,
el criterio para saber quién es discípulo,
una actitud esencialmente
comunicativa: con Dios y con el prójimo. La actitud incluso por la que, según
el evangelio de Lucas, se distinguen y reconocen los que pertenecen a la familia
de Jesús (Lc 8, 21).
Somos
“sordos” también cuando no oímos
ni escuchamos a los otros, cuando no
oímos el grito de ayuda que nos llega de los
que sufren, y en cambio preferimos, a lo mejor, poner entre nosotros y el
prójimo el “doble cristal” de la indiferencia. Nos portamos así, cuando,
como el sacerdote y el levita de la parábola de Lucas, damos un “rodeo”,
en vez de atender al que ha caído en manos de los bandidos…
Somos
“mudos”, con la misma incapacidad de comunicación, cuando nuestro corazón
y nuestros labios se cierran y no se abren para alabar, glorificar, dar gracias,
bendecir a Dios y a los
hermanos, o cuando quizás nos cerramos en un silencio esquivo, mientras
a veces una palabra de comprensión, bendición y perdón podría devolver la
paz y la serenidad: a nosotros y a los demás.
Esta
reflexión nos ayuda a comprender que la “calidad
de comunicación”, la capacidad de comunicación que Jesús devuelve al
sordomudo, no es sólo la de hablar o no hablar, oír/escuchar o no: es
la posibilidad de comunicarse “correctamente”.
En otras palabras, el poder hablar y escuchar por y con amor.
¡“Ama
y haz lo que quieras”! Si en tu corazón,
en tu vida hay amor, lo que hagas: hablar, callar, oír, escuchar o no, será
ciertamente fruto de amor, establecerá comunicación, relación constructiva de
salvación y vida, siguiendo las huellas, el ejemplo del Maestro Jesús.
En
este mismo espíritu y en idéntica longitud de onda, quiero
recordar una frase tomada del texto evangélico que leíamos en la liturgia
hace días, y que me impactó esta vez de manera especial, quizás porque estaba
pensando en el retiro. Estaba tomada de Lucas
9, 43-45. Jesús Maestro anuncia a los discípulos que están subiendo a
Jerusalén, donde él va a ser entregado
en manos de los hombres. Subraya a continuación el evangelista: “…
ellos no entendían este lenguaje”
y además no se atrevían a preguntarle a Jesús, quizás porque ya intuían y
temían cuál sería su respuesta.
Marcos
mismo, en el evangelio que se proclamaba el domingo pasado, relata la petición
de los dos hijos de Zebedeo. El Maestro acababa de anunciar, por tercera vez,
con colores bien vivos, su próxima muerte, y ellos piden “los primeros
puestos en su gloria”. No han entendido “el lenguaje” del Señor Jesús.
Meditando
sobre esta expresión y reacción de los discípulos, reflexionaba en mi
interior sobre cuántas veces yo tampoco
entiendo “este lenguaje”. - A todos se nos hace duro el lenguaje de la
cruz -. Pensaba también cuántas veces la
gente no entiende “este lenguaje”, ni entiende nuestro lenguaje
ni el de la Iglesia en muchas
circunstancias. Es natural quizás que sea así. Pero creo también que con
humilde sinceridad hemos de reconocer que – además de la exigencia de fe que
se requiere para entender cierto “lenguaje”-, no siempre es culpa de la
gente si no nos entiende…
El
p. Gardin, franciscano conventual, actual secretario de la Congregación para la
Vida Consagrada (CIVCSVA), dice que entre los retos de la vida religiosa de
nuestro tiempo uno no indiferente es el de la “visibilidad”
y explicaba: “no
encontramos el lenguaje adecuado y no se nos entiende” a la hora de ser o
querer ser signos proféticos. (cf. Vida
Religiosa 91 (2001) 100-104).
Un
examen de conciencia personal y eclesial tampoco nos vendría mal…
Y
también la invocación de la luz y discernimiento del Espíritu Santo para que
nuestros lenguajes mutuos sean de veras “comunicadores”, “comunicación”,
lenguajes capaces de crear lazos de comun-unión, de fraternidad, de auténticas
relaciones interpersonales en la convivencia, en la paz, en el progreso y
felicidad, a todos los niveles: comunitarios, eclesiales, civiles…
Podemos
a este propósito quizás, tener en cuenta algunos datos que nos enseñan
quienes saben de estos temas de “comunicación”. Yo los he tomado en
particular, resumiendo mucho, de la voz “Comunicación”
con relación a la Eucaristía, del Nuevo Diccionario de Liturgia. Pero creo
que lo que en aquellas páginas se dice
pueda valer también para el tema
de nuestra reflexión.
La
condición fundamental para que un encuentro
humano sea momento de auténtica
comunicación es que emisor y receptor estén personalmente motivados
para realizar este encuentro; que haya
un conocimiento recíproco, que las
personas interesadas conozcan y utilicen
el mismo lenguaje, que entiendan los mismos “códigos” o sistemas de
signos y símbolos y que se parta de
experiencias que, en cuanto
posible, de algún modo al menos, sean
comunes.
Si
nosotros somos los “comunicadores”, somos el “emisor de mensajes”, si la
Iglesia es y quiere ser de veras “comunicadora” del mensaje de la salvación,
del evangelio de Jesucristo, es indispensable que
adecuemos nuestro lenguaje a la situación, a la cultura, a las exigencias
que presenta la situación en la que se realiza la comunicación, los
destinatarios de la misma.
Forma
parte y deber de la profesionalidad de un comunicador, y más de un apóstol
de la comunicación, no sólo el documentarse sobre el contenido que debe transmitir, sino también, en cuanto posible,
informarse del grado de conocimiento, de la
situación de las personas con las que nos comunicamos, para que haya por lo
menos una buena o mínima posibilidad real de encuentro, de diálogo, de relación
interpersonal, desde donde sea más fácil caminar juntos, evangelizar y ser
evangelizados, entendernos, convivir.
Ya
sólo una “apostilla” al texto
evangélico de Mc 7, del que hemos partido, “apostilla” que no me permite
saltar en silencio el amor a la liturgia. Es sencillamente ésta, que ya todos
conocemos: en los gestos que realiza Jesús al hacer sus milagros, incluso en
los aparentemente extraños– gestos que ciertamente tienen una explicación
dentro de la cultura de su tiempo y lugar,
y también de la época de redacción de los evangelios – la
Iglesia ha visto siempre una referencia y un símbolo de los
sacramentos.
Gracias
a los sacramentos, Cristo Jesús, que es el principal actor y protagonista
de los mismos como lo es de la liturgia en general, continúa
“tocándonos” “sacramentalmente”,
para curarnos integralmente. En la liturgia Cristo Jesús siempre actúa desde
“la sacramentalidad”: por medio de signos sensibles, “per ritus et preces”
Así, podemos decir que todos los sacramentos y de manera especial la Eucaristía nos ayuda a vencer toda forma de “incomunicabilidad”, haciéndonos experimentar la más maravillosa comunión/comunicación con Dios y también con los hermanos, con tal de que nosotros, receptores y concelebrantes de los sacramentos, nos dejemos “tocar” por el Señor Jesús, nuestro Maestro y Señor, presente personal y sustancialmente en el Misterio eucarístico.
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