2. JESÚS MAESTRO, COMUNICADOR, EXPERTO EN COMUNICACIÓN

 

El evangelio nos muestra a un Jesús que se comunica frecuentemente, con sus discípulos y con el pueblo, a través de “gestos” y de “palabras”.  

Podemos constatar esto de manera especial recordando algunos milagros suyos.

Tenemos presente el texto ya citado de la curación del sordomudo (Mc 7).  En él hemos visto “los gestos” que realizó Jesús. Y también hemos escuchado la palabra, esta vez con una fuerza especial: “¡¡éffetá”!!

De forma muy parecida, el mismo Marcos narra la curación del leproso: «… Jesús, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio”». (1,41)

Mt 9, 27-30 narra la curación de dos ciegos: «… Entonces tocó sus ojos, diciendo: “Que os suceda según vuestra fe”. “ Y se abrieron sus ojos».

Marcos 8, 22-26 refiere también una curación progresiva, no instantánea. El milagro es contado por el evangelista con todo detalle y solemnidad, ciertamente con insignificado simbólico. “Llegaron a Betsaida y le presentaron un ciego, pidiéndole que le tocara. Jesús tomó de la mano al ciego, lo sacó de la aldea y, después de haber echado saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: - ¿Ves algo? Él, abriendo los ojos, dijo: - Veo hombres, son como árboles que caminan. Jesús volvió a poner las manos sobre sus ojos; entonces el ciego comenzó ya a ver con claridad y quedó curado, de suerte que hasta de lejos veía perfectamente todas las cosas”

En muchos otros casos, el Maestro actúa y realiza milagros, físicos, morales, espirituales, sólo a través de gestos o sólo con palabras, sin unir los dos elementos. 

La Constitución sobre la divina revelación, la Dei Verbum, que es ciertamente uno de los documentos más importantes del Vaticano II, en el n. 1 habla de Dios – el Dios Trinidad – comunicador. Dice: “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad… Por esta revelación, Dios habla a los  hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí, de modo que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina… y las palabras por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas” (DV 1).

En el n. 2 es Jesucristo el que aparece como  “comunicador”. “Después de que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los profetas, últimamente nos habló por su Hijo… (cf. Hb 1, texto de la 2ª lectura de la solemnidad de Jesús Maestro, ciclo B). Jesucristo, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa, y finalmente con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que Dios vive con nosotros…” (DV 2). 

Nosotros, Familia Paulina, estamos llamados a ejercer y vivir el apostolado de la comunicación, a ser comunicadores, según el estilo del Dios Trinidad y de Jesucristo, “con palabras y gestos”.

En concreto, a través de la palabra  hablada, escrita, radiada, televisada – palabra, imagen, foto, anuncio, sonido, movimientos… - y a través de los gestos, de las obras, de la vida.

Entre las afirmaciones que hemos podido leer del Congreso mundial de Televisiones católicas, que se celebró los primeros días de octubre en Madrid, una me ha llamado la atención y me parece significativa para nuestro tema: “El comunicador cristiano hace confesión de la unidad entre la vida, la conducta y la palabra”. Así se expresaba mons. Romero Pose. Y proseguía: “el católico pondrá en el corazón del mundo, mediante la Comunicación, a Dios mismo, y transmitirá al que le ve y escucha, todo lo que Dios-Verdad, Belleza y Bondad quiere para que el hombre sea más humano y alcance el fin para el que fue creado”. 

Viene espontáneo recordar el reconocimiento con frecuencia citado del papa Pablo VI a nuestro beato Fundador: “Nuestro Padre Alberione ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos para expresarse, nuevos medios para dar vigor y amplitud a su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia de la validez y posibilidad de su misión en el mundo moderno y con los  medios modernos” (28 de junio de 1969, en una audiencia a la FP, presente el mismo Fundador).

Estamos llamados, siguiendo las huellas de nuestro Maestro-Pastor, a ser “comunicadores” de la verdad, el camino, la vida: comunicadores de Cristo Jesús, de su mensaje, llegando, en la medida posible, con todos los medios que la ciencia y la técnica ponen a nuestro alcance, a todas las facultades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Es decir, a dar verdad y vida, a nutrir y a sanar, no sólo su mente, sino también su voluntad y corazón, todo su ser.

Decía el Primer Maestro en 1960: “No podemos hacer al hombre cristiano sólo en la mente, o sólo en los sentimientos, o sólo en la oración y en las obras. Es necesario que viva en Jesucristo con todo su ser y en todo su ser”. 

La Palabra de Dios, que es Jesucristo, ha irrumpido con la encarnación en la historia humana, y por eso, la respuesta del hombre a esta Palabra que el Padre nos ha dirigido en Cristo Jesús ha de darse en y desde la historia concreta.

A nosotros, Paulinos y Paulinas, nos toca dar nuestra parte de respuesta por medio de toda nuestra vida y de la misión que se nos ha confiado, a través de esa forma de “predicación” que nos han encomendado y entregado el Fundador y la Iglesia.

Una predicación comunicativa, que tiene muchas expresiones y matices dentro de las congregaciones de la Familia Paulina, predicación que tiene que ser necesariamente adaptada a la cultura, a la idiosincrasia y características de los destinatarios; lo que llamamos hoy predicación y comunicación “inculturada”, en el tiempo y lugar.

El mensaje fundamental y único que estamos llamados a transmitir es Jesucristo y su evangelio. Las formas, las culturas, lo que podemos llamar, recordando las palabras de la Dei Verbum, los “gestos” y expresiones comunicativas, han de tener muy en cuenta a los destinatarios de nuestra misión. 

San Pablo es, en esto como en muchos otros aspectos de nuestra vida, modelo y guía. “Judío con el judío y gentil con el gentil…; me hice todo a todos con tal de ganar, sea como sea, a algunos”.

Éste es el respiro de universalidad, de catolicidad que el Primer Maestro quiso infundir en sus instituciones, en su Familia y en cada uno de sus hijos e hijas.  

Si recordamos lo que está escrito en el escudo completo de la Familia Paulina en Alba, en Roma y en todos los lugares donde esté, es el texto de Pablo en la carta a los Efesios 3, 10: “Ut innotescant… para que la multiforme sabiduría de Dios sea conocida a través de la Iglesia”.

Es la garantía de autenticidad del mensaje que nuestras Congregaciones deben y quieren comunicar y transmitir a la gente de nuestro tiempo: “en Cristo y en la Iglesia”. Fue éste como un distintivo o logotipo, un eslogan siempre presente en la predicación del beato Santiago Alberione: in Christo et in Ecclesia!

Y él subrayaba con fuerza esta consigna. Usaba incluso expresiones que nos pueden parecer casi exageradas, pero que comprendemos desde la mentalidad, el espíritu, la vivencia del Primer Maestro: “Reafirmemos todo nuestro afecto, sumisión y entrega al Papa. ¡Seamos hombres del Papa para ser de Jesucristo! (cf. AD 56).”Éste es el camino maestro: ¡en Cristo y en la Iglesia! Seguir siempre como hemos nacido y como se vive hoy” (CISP 179). 

La evangelización, meta de toda comunicación apostólica, no es “nunca simplemente una comunicación intelectual, ni el resultado de programas y estrategias, sino que es un proceso vital, una conversión de nuestra existencia y para esto es necesario vivir eclesialmente, no apartarse del camino común, sin olvidar que la catolicidad tiene su norte y su centro estable en el ministerio del sucesor de Pedro”. (Esta cita es todavía de mons. Romero Pose en el recordado Congreso y me parece casi tomada a la letra de la que acabamos de tomar del Primer Maestro).

Naturalmente, bien sabemos por la biografía de nuestro Fundador que su obediencia al Papa y a la Iglesia en general, en sus varios dicasterios o estamentos, fue filial pero también inteligente.

Somos conscientes, aunque ciertamente en medida muy superficial, del sufrimiento que le costó esta obediencia. Sin embargo, a pesar de todo, la consigna que él antes que nosotros vivió y que nos dejó en herencia fue siempre y sólo: ¡en Cristo y en la Iglesia! 

La misión paulina, el mensaje de salvación que queremos comunicar, transmitir a nuestros hermanos los  hombres y mujeres contemporáneos, lo realizaremos con eficacia y fecundidad en la medida en que vivamos en Cristo – recordamos el programa formativo y carismático para la Familia Paulina: “donec formetur Christus in vobis”! – siendo auténticos discípulos suyos, y también en proporción de nuestra vivencia como “miembros vivos y dinámicos” en y para la Iglesia y la humanidad entera.

 

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