Retiro de Adviento: Jesús, nuestra Esperanza

Mª Concepción López, pddm

 

1. Oramos para disponer el corazón

y para pedir la gracia que deseamos alcanzar en esta jornada de retiro

 

Espíritu Santo, Amor eterno del Padre y del Hijo,

derrama sobre nosotros, nuevamente, el don de la esperanza que no defrauda,

la esperanza que brota de las promesas de Dios,

siempre cumplidas a su tiempo.

 

Que seamos hombres y mujeres de esperanza,

que nuestra visión del mundo sea transfigurada por ella

y trabajemos para desarrollar las inmensas posibilidades de crecimiento

que el Padre ha sembrado, como semilla buena,

en todo cuanto ha creado.

 

Ayúdanos, Espíritu de Vida, a tener, con el Padre,

proyectos de paz y no de desgracia

y a construir, con Él, su porvenir soñado de Esperanza.

 

Ayúdanos a tener los ojos fijos en Jesús

para que no nos aflijamos como los hombres y mujeres de corta mirada,

que viven ahogados en la estrechez de lo aparente, lo inmanente

y lo que es nada.

 

“La Esperanza se ha encarnado...

Cristo es nuestra Esperanza

por ser el vencedor sobre el fracaso,

la palabra final de Dios al hombre”

(Bernhard Häring)

 

 

2. Meditamos: A vueltas con la esperanza

 

2.1. La esperanza, el extraño y asombroso don de Dios

  Hace unos días, leyendo una preciosa novela de Rosa Montero, encontré la siguiente definición del término “esperanza”: “Pequeña luz que se enciende en la oscuridad del miedo y la derrota, haciéndonos creer que hay una salida. Semilla que lanza al aire la sedienta planta en su último estertor, antes de sucumbir a la sequía. Resplandor azulado que anuncia el nuevo día en la interminable noche de tormenta. Deseo de vivir aunque la muerte exista” (los subrayados son míos).

Cuando leí esta descripción en “Historia del Rey transparente” me pareció acertada, precisa, sugerente y encantadora. Casi perfecta. Pero le faltaba algo.

Probemos con esta otra aproximación a la esperanza de la mano de Charles Péguy y de uno de sus conocidos y hermosos poemas. Habla Dios:

“Pero la esperanza, dice Dios, esto sí que me extraña,

me extraña hasta a Mí mismo,

esto sí que es algo verdaderamente extraño.

Que estos pobres hijos vean cómo marchan hoy las cosas

y que crean que mañana irá todo mejor,

esto sí que es asombroso y es, con mucho,

la mayor maravilla de nuestra gracia.

 

Yo Mismo estoy asombrado de ello.

Es preciso que mi gracia sea efectivamente de una fuerza increíble

y que brote de una fuente inagotable

desde que comenzó a brotar por primera vez

como un río de sangre del costado abierto de mi Hijo.

 

¿Cuál no será preciso que sea mi gracia y la fuerza de mi gracia

para que esta pequeña esperanza,

vacilante ante el soplo del pecado,

temblorosa ante los vientos,

agonizante al menor soplo,

siga estando viva, se mantenga tan fiel, tan en pie,

tan invencible y pura e inmortal e imposible de apagar

como la pequeña llama del santuario

que arde eternamente en la lámpara fiel?

 

De esta manera,

una llama temblorosa ha atravesado el espesor de los mundos,

una llama vacilante ha atravesado el espesor de los tiempos,

una llama imposible de dominar, imposible de apagar al soplo

de la muerte,

la esperanza.

Lo que me asombra, dice Dios, es la esperanza,

y no salgo de mi asombro.

Esta pequeña esperanza que parece una cosita de nada,

esta pequeña niña esperanza,

inmortal.

 

Porque mis tres virtudes, dice Dios, mis criaturas,

mis hijas, mis niñas,

son como mis otras criaturas de la raza de los hombres:

la Fe es una esposa fiel,

la Caridad es una madre, una madre ardiente, toda corazón,

o quizá es una hermana mayor que es como una madre.

 

Y la Esperanza es una niñita de nada

que vino al mundo la Navidad del año pasado

y que juega todavía con Enero, el buenazo,

con sus arbolitos de madera de nacimiento,

cubiertos de escarcha pintada,

y con su buey y su mula de madera pintada,

y con su cuna de paja que los animales no comen porque son de madera.

Pero, sin embargo, esta niñita esperanza es la que

atravesará los mundos, esta niñita de nada,

ella sola, y llevando consigo a las otras dos virtudes,

ella es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos.

Como la estrella condujo a los tres Reyes Magos desde

los confines del Oriente, hacia la cuna de mi Hijo,

así una llama temblorosa, la esperanza,

ella sola, guiará a las virtudes y a los mundos,

una llama romperá las eternas tinieblas.

 

Por el camino empinado, arenoso y estrecho,

arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,

que la llevan de la mano,

va la pequeña esperanza

y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación

de dejarse arrastrar

como un niño que no tuviera fuerza para caminar.

Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,

y la que las arrastra,

y la que hace andar al mundo entero

y la que le arrastra.

Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos

y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña”.

¡Exactamente! ¡Eso es! Charles Péguy ha rozado el umbral del misterio de la esperanza cristiana que es siempre un don de Dios, un don “verdaderamente extraño” y “asombroso” en el mundo en que vivimos. Cuando el choque violento de civilizaciones que padecemos nos hace temer lo peor, el terrorismo sangriento y despiadado se cobra vidas diariamente, la violencia familiar rompe la vocación al amor de esta institución sagrada, y los frenéticos avances de la técnica no parecen acercarnos tan eficazmente a lo mejor de nosotros mismos... entonces, el hecho de que aún se alce la esperanza tomándonos de la mano y tirando de nosotros a confiar en el triunfo de la verdad y del bien resulta un milagro tan sólo explicable porque Dios sigue encendiendo en nosotros esa llamita inextinguible e imposible de apagar.

Rosa habla de “pequeña luz”, “semilla”, “resplandor”, “deseo de vivir”, pero nada dice de Aquel que enciende la luz, siembra la semilla, resplandece y sostiene en nosotros el deseo de vivir a pesar de la amenaza continua de la muerte. Y por eso, porque la esperanza es un don, no debemos preguntarnos “¿qué puedo yo esperar?”, sino, con en su tiempo lo hiciera Kant, “¿qué me es dado esperar?”.

 

Cuando medites:

Relee con atención el poema de Charles Péguy. ¿Qué imágenes usa para referirse a la virtud teologal de la esperanza? ¿Qué sabor, sensación, sentir, te deja la lectura de este poema?

  Te propongo un ejercicio: Tras reflexionar, en silencio, sobre los textos de Rosa Montero y Charles Péguy, pregúntate cómo describirías o definirías tú la esperanza con tus palabras. ¿Qué escribirías a continuación de la frase “la esperanza es...” o “la esperanza se parece a...”?

  ¿Te dicen algo las siguientes frases?

- La esperanza es... una ventana abierta de par en par, que deja entrar rayos de luz a raudales en mi estancia oscura, triste y cerrada.

- La esperanza es... la fuerza misteriosa que me pone en pie cuando nada haría prever que podría volver a hacerlo.

- La esperanza es... como el foco de luz, limitada pero cierta, que va alumbrando los metros siguientes de una carretera oscura, cuando viajo en medio de la noche cerrada.

- La esperanza es... la capacidad de reír a pesar de la desgracia e incluso de la misma tragedia.

- La esperanza es... la insólita certeza de que somos algo más de lo que parece y de que nos aguarda un destino mejor y más grande de lo que alcanzamos a pensar o imaginar.

- La esperanza es... la amorosa obstinación en creer que la vida es hermosa a pesar de la desdicha que se ceba en gran parte de la humanidad y en nosotros mismos, en algún momento de nuestras historias particulares.

- La esperanza es... la visión positiva y luminosa del mundo a pesar del mal, de la pobreza, la desigualdad, la guerra, el pecado y la muerte.

- La esperanza es... la serena y gozosa mirada sobre el futuro, del que siempre se aguarda la oportunidad de la dicha.

- La esperanza tiene un nombre: Jesús, la encarnación de todas las promesas de Dios, de todos los deseos que anhelamos, del presente que queremos vivir, y del Reino futuro que ansiamos construir.

 

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