2.2. Cuatro profetas nos alumbran la esperanza en el futuro de Dios

El segundo punto de nuestra meditación será bíblico. Vamos a fijarnos ahora en lo que los profetas, cuyos escritos podremos leer en la primera lectura de los domingos del ciclo C, aportan a nuestra esperanza. Lo habitual es que en Adviento se comenten textos de Isaías, el gran profeta de este tiempo litúrgico. Sin embargo, el ciclo C nos lleva a poner los ojos y los oídos en cuatro profetas menos conocidos: Jeremías, Baruc, Sofonías y Miqueas.

 

a) Jeremías: Dios cumple sus promesas

Mirad que llegan días –oráculo del Señor-, en que cumpliré las promesas que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.

En aquellos días y en aquella hora

suscitaré a David un vástago legítimo,

que hará justicia y derecho en la tierra.

En aquellos días se salvará Judá

y en Jerusalén vivirán tranquilos,

y la llamarán así: “Señor-nuestra-justicia” (Jr 33,14-16)

 

Cuando leas:

El texto de Jeremías se encuentra repetido en 23,5-6. En él se habla del rey davídico en quien los judíos tienen puesta su esperanza.

Cae en la cuenta de la fuerza de la Palabra de Dios, que dice: “cumpliré mi promesa”. ¿A qué promesa se refiere? A la famosa promesa de Dios a David, por boca del profeta Natán, que afirmaba lo siguiente: “Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de tu realeza... Yo seré para él padre y él será para mí hijo” (2 Sm 7,12.14). Esa solemne promesa hecha a David tuvo su pleno cumplimiento en Jesús, del que dice Pablo: “Todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él,  por eso decimos por Él, ‘Amén’” (2 Co 1,20).

¿Qué es lo que ese descendiente de David prometido por Dios hará en la tierra, en Judá y en Jerusalén?

¿Qué nombre recibirá Jerusalén a causa de la justicia que el Señor verterá sobre ella como un río?

 

  Cuando medites:

¿Cómo alienta tu esperanza el hecho de que todas las promesas de Dios se cumplan a su tiempo? ¿Tienes experiencia concreta de ello en tu vida?

Haz memoria de Jesús, la promesa de Dios encarnada, y de cómo pasó por el mundo haciendo el bien, actuando con justicia y trayendo salvación a los hombres y mujeres de su tiempo.

¿A qué te compromete tu fe en el Dios de la justicia y el derecho?

 

  Oración: Jesús, cumplimiento de la promesa del Padre  (inspirada en el salmo 25,10; Is 55,8-11; Gál 4,4; 1 Co 1,30; 2 Sm 7,1-17; Lc 21,36; 1 Tes 3,12)

 

Tus sendas, Padre, son misericordia y lealtad.

Tu Palabra es firme, segura

y nunca deja de cumplirse.

Tu Palabra se cumple

en tu tiempo, no en el nuestro,

a tu manera, no a la nuestra.

Tu proyecto salvador avanza en la historia

de un modo imperceptible, sutilísimo,

pero real y visible para quienes guardan tu alianza y tu amistad.

 

Por eso te damos gracias de todo corazón,

Señor del tiempo y de la historia,

especialmente por tu Hijo Jesús, tu Amado.

Porque, al llegar la plenitud de los tiempos,

nos lo enviaste, nacido de María,

para que fuera para nosotros

Sabiduría, Justicia, Santificación y Redención.

 

Tus sendas, Padre, son misericordia y lealtad.

Tu promesa hecha a David y a la humanidad entera

se ha cumplido en tu Hijo Jesús, muy amado.

Ilumina los ojos de nuestra fe para que acojamos plenamente a Jesús

como el Salvador esperado de la Naciones.

Alienta nuestra esperanza para mantenernos en pie, despiertos y preparados

a acoger su continua venida en todo tiempo.

Cólmanos y haznos rebosar de amor mutuo y de amor a todos,

para que Él reconozca en nosotros

siquiera un pálido reflejo

de su Amor derramado sobre el mundo.

 

  b) Baruc: Despójate de tu vestido de luto y aflicción  

 

Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y viste las galas perpetuas de la gloria que Dios te da; envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte a la cabeza la diadema de la gloria perpetua, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo. Dios te dará un nombre para siempre: “Paz en la justicia, Gloria en la piedad”.

Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia oriente y contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente, a la voz del Espíritu, gozosos, porque Dios se acuerda de ti. A pie se marcharon, conducidos por el enemigo, pero Dios te los traerá con gloria, como llevados en carroza real.

Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las colinas encumbradas, ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios; ha mandado al bosque y a los árboles fragantes hacer sombra a Israel. Porque Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia (Ba 5,1-9)

 

  Cuando leas:

Baruc es un profeta del destierro de Babilonia, estrechamente ligado a Jeremías. En su libro encontramos un oráculo de restauración que abarca los capítulos 4,5-5,9 al que pertenece nuestro texto. La vuelta del destierro se convirtió en modelo de esperanza para el pueblo de Israel.

Subraya los imperativos dirigidos a Jerusalén: despójate, viste, envuélvete, ponte la diadema, ponte en pie, mira, contempla... Nota cómo se le pide a Jerusalén una participación activa en el cambio que Dios quiere realizar en ella.

Subraya las acciones de Dios: mostrará su esplendor, te dará un nombre, se acuerda de ti, han mandado, guiará...

Observa que la Palabra apunta a un cambio radical de suerte de la ciudad elegida y amada, Jerusalén. Y la que en un tiempo vistió de luto y aflicción (en el destierro), ahora es llamada a vestir de gala y triunfo, cubierta por el resplandor de la gloria de Dios (en el retorno).

Observa el paso de la aflicción al gozo, del vestido oscuro al esplendor, de la humillación y el lamento a la exaltación (ponte en pie, sube). Cambiar de vestido simboliza el comienzo de la liberación (cf. Jdt 10,3).

Jerusalén no sólo cambia de vestido. El cambio es más profundo y radical: cambia también de nombre recibiendo, con ello, un nuevo ser. ¿Qué nombre nuevo recibe de Dios? Compáralo con Is 1,26; 60,14.18; 62,4.62.

Al pueblo desterrado se le anuncia el regreso a su tierra, en una especie de segundo éxodo en el que “Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia”. Observa que “misericordia” es la última palabra del oráculo.

En este éxodo, el camino ya no es penoso ni duro, sino que, a imitación del segundo Isaías, la caravana de los desterrados va transformando el desierto en paraíso, lo escabroso en llano.

 

  Cuando medites:

Reconoce los vestidos de duelo y aflicción que en ocasiones cubren tu vida. ¿Qué puedes hacer para despojarte de ellos y para acoger la Palabra de liberación que Dios pronuncia sobre ti?

Jerusalén está postrada en el polvo, pero Dios la pone en pie, la exalta, la sube a la altura. Es la lógica de Dios, que “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (cf. Lc 1,52; 1 Sm 2,8). Reconoce tus postraciones y deja que el Señor te ponga en pie y te llene de vida y de gozo.

 

  Ora el salmo 125/126: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

 

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