c) Sofonías: el Dios que se goza en ti 

Regocíjate, hija de Sión,

grita de júbilo, Israel,

alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén.

El Señor ha cancelado tu condena,

ha expulsado a tus enemigos.

El Señor será el rey de Israel,

en medio de ti, y ya no temerás.

Aquel día dirán a Jerusalén: “No temas, Sión,

no desfallezcan tus manos”.

El Señor, tu Dios, en medio de ti,

es un guerrero que salva.

Él se goza y se complace en ti,

te ama y se alegra con júbilo

como en día de fiesta (So 3,14-18a)

 

Cuando leas:  

Un distintivo esencial de los cristianos debería ser la alegría. Estar alegres es una forma de amar, y la alegría sincera es la expresión de la autenticidad de nuestra fe y de nuestra esperanza. Tan importante es esta cualidad que tradicionalmente se ha venido llamando al tercer domingo de Adviento “domingo gaudete”, término que significa “alegraos” y que está tomado de la carta de San Pablo a los Filipenses 4,4: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”.

Subraya, en el texto de Sofonías, los verbos y expresiones que aluden a la alegría.

¿Qué motivos tiene Jerusalén para estar alegre, según el profeta? ¿Qué hace Dios por Jerusalén?

¿Cuál es la imagen de Dios que se desprende del texto? ¿Se parece al Dios que te han transmitido y en el que crees?

 

Cuando medites:

¿Te consideras o te consideran los demás una persona alegre? ¿Cuáles son los motivos de tu alegría? ¿Es la fe una fuente de gozo para ti?

El texto de Sofonías anuncia que Dios estará “en medio de ti”, en el centro de tu persona. ¿Ocupa Él ese espacio o le mantienes aún en la periferia de tu vida? Date cuenta de lo que ocupa el centro de tu atención, de tus intereses, de tus búsquedas, de tu tiempo...

La fe en el Dios que nos habita, ¿te ayuda a superar todo temor?

 

Ora con el cántico de Isaías 12,2-6  

Muy cerca de mí, en el centro de mi vida,

acompañándome en todo tiempo como Amigo inseparable,

estás Tú, Dios mío y Salvador mío.

 

Por eso miro confiada y no tengo miedo

de ningún infortunio que me pueda sobrevenir:

enfermedad, fracaso, ruina, o incluso la muerte.

Porque Tú eres mi Fuerza y mi Poder

para vencer toda adversidad y toda amenaza.

 

En mi desgracia, no estás frente a mí como enemigo que me ataca,

sino junto a mí, como manos que me sostienen

y brazos que me abrazan,

y dentro de mí, como fuerza y esperanza

que me pone en pie.

 

Tú eres mi Dios, el Dios de mi alegría.

Por eso te doy gracias y anuncio a toda la tierra

que eres compasivo y misericordioso,

que eres fuerza y salvación para los pobres,

que llenas mi boca de risas y mi lengua de cantares,

que suscitas en mí un cántico nuevo

de alabanza y gratitud.

 

Nada me preocupa y estoy siempre alegre en Ti,

porque sé que Tú me rodeas, cuidando de mí,

y que estás en medio de mí,

como mi único Dios y Salvador.

 

d) Miqueas: Belén, la pequeña elegida para alumbrar al Mesías-Pastor

 

Esto dice el Señor:

Pero tú, Belén de Efrata,

pequeña entre las aldeas de Judá,

de ti saldrá el jefe de Israel.

Su origen es desde lo antiguo,

de tiempo inmemorial.

Los entrega hasta el tiempo

en que la madre dé a luz,

y el resto de sus hermanos

retornarán a los hijos de Israel.

En pie pastoreará con la fuerza del Señor,

por el nombre glorioso del Señor, su Dios.

Habitarán tranquilos porque se mostrará grande

hasta los confines de la tierra,

y ésta será nuestra paz (Miq 5,2-5a)

 

Cuando leas:

El profeta anuncia la restauración de la monarquía davídica desde unos humildes comienzos: no desde Sión, la gran capital, sino desde Belén, una aldea insignificante de Judá. Desde antiguo encontramos que Dios siempre tiene sus complacencias en los débiles y pequeños. Recuerda cómo elige a Israel (Dt 7,7-8), a Gedeón (Jue 6,15), a David (1 Sm 16)... y ahora, a Belén, la aldea más pequeña de Judá. Mateo aplica este oráculo al Mesías y ve preanunciado en “el jefe de Israel” a Jesús, Mesías e Hijo de Dios.

Fíjate en los rasgos de este mesías davídico anunciado por Miqueas: su origen humilde; es un rey-pastor cuya fuerza le viene del Señor; pastorea “en pie”, vigilante, mientras que el rebaño puede habitar tranquilo y en paz a su cuidado.

 

Cuando medites:  

 

, como Belén, eres tierra escogida para que Jesús nazca en ti. No importa tu pequeñez, insuficiencia o limitación. Precisamente por eso Dios te ha elegido. ¿Qué puedes hacer, en este tiempo de Adviento, para que Jesús viva y crezca en ti? Fíjate en el consentimiento de María a la obra del Espíritu Santo en ella y aprende de ella a decir “sí”.  

Contempla a Jesús como el Buen Pastor que da su vida para que tú la tengas en abundancia (cf. Jn 10,10). Contempla a Jesús como el “Príncipe de la Paz” (cf. Is 9,5-6), como aquel que derriba todos los muros de separación, confrontación, odio y violencia que levantamos entre nosotros.  

¿De qué modo esta lectura alienta tu esperanza?

 

Ora el salmo 79/80: “Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. 

   

3. Oración final de repetición

 

Toda mi esperanza está puesta en Ti, Señor de la Vida,

que anuncias y cumples tus promesas.

En Ti reside la perfecta justicia.

En ti reside la salvación y la paz sin límites.

Y mi esperanza, como un pábilo vacilante,

te aguarda resistiendo los embates

de nuestras pequeñas o grandes injusticias

sin apagarse, sin mermar, sin desfallecer.

 

Toda mi esperanza está puesta en Ti, Señor de la Luz,

Que iluminas el sendero oscuro de un pueblo que camina en tinieblas,

que cambias mi luto en danzas,

me llenas la boca de risas y la lengua de cantares,

y me das un nombre nuevo: justa, pacífica, agraciada, leal.

 

Toda mi esperanza está puesta en Ti, Señor de los pequeños,

que abajas a todo el que se encumbra hasta tocar el cielo

y levantas a todo el que es humillado y oprimido;

que quieres que caminemos de pie, con dignidad, sin tropiezos;

que allanas el sendero del justo y lo guías

entre fiestas, a la luz de tu misericordia.

Toda mi esperanza está puesta en Ti, Señor de la alegría,

que cancelas la condena que merecen nuestros pecados,

nos libras de los enemigos, expulsas nuestro miedo

y tomas posesión de nuestra casa,

habitándonos con tu Amor y con un gozo

que nada ni nadie puede arrebatarnos.

 

Gracias, Señor, por esta niña pequeña, la “niña esperanza”,

que nos toma de la mano y nos conduce, como una estrella, hasta Belén,

para que contemplemos,

en la insignificancia de un Niño recién nacido,

la grandeza de la Salvación y del Amor de Dios

derramado sobre el mundo. 

 

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